jueves, 28 de diciembre de 2017

Rose

No pude evitar sonreír durante el camino de vuelta al ultimo asentamiento en el que pasamos la noche. Clark me acompañaba en silencio junto a Juvia. No decía nada a penas, manteniéndose alerta e impidiendo que aminorase el buen paso que llevábamos, simplemente. Yo le gustaba ¿Verdad? Al menos debía resultarle bonita. No era la primera vez que un hombre se ofrecía ayudarme para conseguir intimar conmigo. De hecho, muchos supervivientes se dedicaban a ello casi sin darse cuenta, por pura necesidad humana y atracción. Adam, fue el último de todos que probó a se amable y protector conmigo, solo que él consiguió verdaderamente intimar conmigo. El hecho de que Clark ahora lo hiciera me hacía gracia. Pensé desde hacía un par de años que debía haber empeorado mucho físicamente y que no podría resultar ya atractiva a nadie. Quizá me estaba equivocando.

El hombre debió darse cuenta de mi ensimismamiento, pues preguntó si me ocurría algo. Mentiría si dijese que no me cogió desprevenida y que no sentí un ligero calor en la cara ante la avergonzante posibilidad de que pudiese leerme el pensamiento en ese mismo instante. De hecho, podría haberlo hecho si fuese un brujo, pero no lo era. No tenía las pintas que los brujos tenían. -No, no es nada- sonreí, fingiendo que decía la verdad. Me recoloqué las dos mochilas que portaba lo mejor que pude. Sentí un ligero resentimiento en el hombro al hacerlo, pero nada que ver con el dolor que sentí la noche anterior. No se como Clark lo hizo, pero me había dejado el brazo tal y como lo tenía antes de caerme. ¿A caso sabía como reparar y recolocar huesos? ¿Sabía sanar? En caso afirmativo, sería la primera persona así con la que me topaba en años. Normalmente, los sanadores vivían en las ciudades y no en los asentamientos o en mitad del camino. Cobraban a un alto precio su servicios... pero no era para menos. Una consulta con ellos podía barrer la posibilidad de tener poco tiempo de vida en muchas personas, dada la radiación. Le hubiese preguntando si él era un sanador, pero no tenía las suficientes confianzas con él. Quizá pensaría que quería aprovecharme más de su buena voluntad, así que decidí guardar silencio, hasta que Clark lo rompió. Le parecía que dos mochilas eran demasiado equipaje para una sola persona. -Solo una es mía. La otra tiene las cosas de Adam.- contesté. No quería entrar en detalles y decirle que la mochila de Adam contenía bastante munición y cuatro latas de conservas considerablemente grandes, además de unas vendas limpias y cerillas. Era una mochila demasiado tentadora. -Llevo aquí sus cosas, por eso es a quien más necesito encontrar- mentí. Su mochila también parecía bastante grande. Mirarla me hacía sentir incómoda. No quería que pensase que iba a ser capaz de robársela, porque no lo era. En eso, también era una inútil. -Tienes hambre ¿Verdad?- pregunté, deteniendo el paso. Clark abrió los ojos con curiosidad cuando me descolgué del hombro mi mochila, para abrirla y sacar una lata de alubias. Eran mías. No se me ocurriría compartir las de Adam, sobretodo porque sabía que reaccionaría mal. -¿Puedes abrirla? A mi me suele costar- pregunté al cedérsela. Al hombre le costó cogerla, incrédulo de que fuese capaz de compartir comida. -Tu me has ayudado mucho más a mi que yo dándote la mitad de mi lata. Quiero ser justa contigo- admití. Pareció que él se quedó bastante conforme, pues asintió y abrió la lata a los pocos segundos con un ágil movimiento de manos. Me quedé estupefacta. En sus manos parecía sencillo abrir una lata con una anilla adosada desde hacía más de veinte años. ¿Cuanta fuerza tenía ese hombre? Era difícil adivinar su musculatura por encima de tanta ropa.

Nos sentamos detrás de un poste comercial que había a un lado de la carretera. No nos aportaba nada, excepto un duro respaldo en el que dejarnos caer mientras nos comíamos aquellas alubias insípidas de la misma forma que beberíamos una lata con líquido potable dentro, a sorbos. Una vez más, sentí esa ligera incomodidad mientras nos pasábamos la lata por turnos, el silencio sepulcral. No podía decir que estaba desagradecida, pero prefería que fuese Adam el que estuviese a mi lado, alguien a quien quería y con quien tenía suficiente confianza. 

-Auh- gruñí de repente. Me miré el dorso de la mano al sentir un ligero escozor sobre la misma. Miré a Clark al instante, casi acusándole de que había sido él quien me había provocado aquella sensación. Sin embargo, en su mirada encontré la incertidumbre, y luego, se llevó la mano a la nuca como si fuese a matar un bicho posado sobre ella. -Oh no...- Me permití mirar al cielo un segundo para comprobar que la espesa capa de polución grisácea se estaba oscureciendo. -Mierda. Corre ¡Corre!- No hizo falta decir nada. Cualquiera que siguiera vivo sabía lo que una lluvia podía provocar. La lata de alubias se quedó a casi acabar arrojada en el suelo mientras ambos ya corríamos en busca de un techo sobre el que cobijarnos. Yo, por mi parte, me puse la capucha del abrigo. Clark hizo lo mismo. Sin embargo, para Juvia no era tan fácil resguardarse. En mitad de la carrera, el animal comenzó a lloriquear, y eso desesperó a Clark. -Mierda, mierda mierda...- 

La ligera llovizna se intensificó. Las gotas de agua tenían tal volumen, que ya las podíamos sentir calando y abriendo pequeños orificios sobre las prendas, que poco tardarían en llegar hasta la piel y abrasarla. Juvia comenzó a llorar aun más. Y entonces, lo vimos. En la lejanía, una gasolinera. La recordaba. Habíamos pasado por allí después de salir del asentamiento y la curioseamos por si guardaba algo de valor. Por supuesto, en aquel momento no encontramos nada y la tachamos como una auténtica porquería de lugar. Ahora, se contemplaba ante mis ojos como el lugar más valioso de ese momento por tener un techo firme. 

Ya estábamos a punto de llegar cuando sentí una gota sobre la mandíbula que me dejó una quemadura abrasadora sobre la zona. Al entrar, nos quitamos los abrigos rápidamente y comenzamos a sacudirlos para quitar todo el agua posible. Íbamos a pasar un frío horrible e insoportable hasta que dejase de llover sin poder abrigarnos en ellos, sí. Pero al menos, la lluvia contaminada no nos quemaría la piel. -¡Joder! gruñí de puro coraje cuando ya no pude hacer más por mi abrigo. Ahora estaba roto. Seguiría sirviéndome, pero me daría menos calor. Lo arrojé al suelo con desaprobación para luego comprobar la situación.

El abrigo de Clark había acabado en mejores condiciones puesto que la tela era más impermeable que la mía. Juvia se lamía las pequeñas heridas y parecía estar bien a pesar de todo. Lo único malo, es que la lluvia arreciaba con fuerza. De lejos, pude empezar a oír el sonido de una tormenta amenazante. -Estamos atrapados aquí... Joder- pataleé. -No se como voy a encontrar a los demás si a cada paso que damos nos encontramos con un problema nuevo- bufé -Y si se avecina una tormenta... hasta la noche no va a cesar- Y por supuesto, la noche no iba a ser buen momento para salir. Principalmente porque los mayores peligros acechaban en la oscuridad, y segundo, porque el ambiente debía secarse si no queríamos seguir abrasándonos, pero eso me lo callé. No hacía falta decirlo. Clark lo sabía. Estábamos atrapados hasta el día siguiente. 

Frustrada, me senté sobre el suelo, dejé las mochilas a mi lado y me solté el pelo para que se secase mejor. No dije nada. No quería hablar. Estaba teniendo demasiados problemas ya.
Adam

Malditos. Todos ellos. Desde el primero hasta el último. Ese era el único pensamiento que llenaba mi mente mientras caminaba pesadamente en la oscura noche, sólo acompañado por el silencio y la nieve que como siempre caía incesante. Los copos se enredaban en mi pelo y amontonaban en mis hombros a cada paso que daba. De vez en cuando se me atoraba la pierna en un engañoso montón níveo más profundo de lo que esperaba en un primer momento. Debía ejercer una gran fuerza para desenterrar el pie de las profundidades blancas, lo cual me ofuscaba aún más. No me había alejado en exceso de la casa, pero el retorno se me estaba haciendo eterno. Arnold, Lin, Nate... ¿Qué habría sido de ellos? ¿Y dónde estaba Rose? -Joder... ¡Me cago en Dios!- vociferé, a sabiendas de que no debí haberlo hecho. Me arrepentí al instante. Esgrimí la pistola por si acaso, preparada en la mano, mientras me acercaba a la aún humeante casa. Le habían prendido fuego. Estaba negra en partes y aún algo de humo emanaba de las paredes destrozadas. El frío y la nieve había impedido que se quemara hasta los cimientos pero... ya era completamente inútil. Adentrarme en los pasillos desnudos de esa ruinosa estancia a la que realmente ya no se podía llamar casa me hacía revivir de nuevo los momentos de unas horas anteriores. Del cómo resonó un disparo tan poderoso como un trueno que rompió mi espíritu de lucha en pedazos. De cómo hice ruido, de cómo intentaron darme caza abriendo fuego contra mí cuando salí corriendo. Aún oía el zumbido de aquella bala pasando junto a mi cabeza. De vez en cuando el dolor punzante en el tímpano me regresaba. Faltó tan poco, tan, tan poco para que hubiese caido muerto con la cabeza reventada en el suelo... Golpeé la pared de pura rabia, más aún cuando llegué a lo que era el salón. Allí estaba, Omar, el desdichado. Sus ojos estaban tan abiertos como físicamente podía, al igual que la boca se mostraba ligeramente sorprendida, con un amplio río de sangre, ya seca, brotándole de los labios. Tenía algo de nieve por encima, que le caía por culpa de los destrozos del fuego, que habían demolido parte del techo y lo habían dejado al descubierto. Ello no ocultó por desgracia la enorme herida que tenía en el pecho, que casi permitía ver su esternón y parte de una costilla, así como el amasijo de carne sangrienta que era ahora su pulmón y seguramente el corazón. La monstruosa Magnum de aquel tipo, del líder de esos saqueadores... ¿De dónde diablos habría conseguido algo así? Las armas con las que me dispararon en mi huida tampoco eran precisamente de mala calidad. No era muy difícil hacerse con una pistola, con un rifle de caza, un arco o incluso con un subfusil de cadencia media tan oxidado que cada disparo sonaba como una lata aplastada y que se encasquillaba fácilmente... pero no, ellos tenían rifles de asalto que causaban pavor a cada bala que trataba de morderme la piel. Armamento pulido, puntero antes de la catástrofe ¿Cómo? ¿Y por qué? Negué con la cabeza, la zarandeé para quitarme esas preguntas estúpidas de la cabeza. No tenía sentido indagar, querer descubrir lo que no podía, al menos en aquel lugar. Supe antes de huir que pretendían llevarse a los chicos para sabía Dios qué, pero al menos estaba seguro de que Rose huyó a tiempo. Quizá trataría de volver a darnos el encuentro, a buscarme, como yo pretendía buscarla a ella. No obstante esperarla en ese lugar era peligroso para ambos. Desenfundé un cuchillo militar que conseguí hacía ya algún tiempo. Ese que a Rose tanto le desagradaba con sólo imaginar lo desagradable que sería ver cómo se lo clavaba a una persona, la posibilidad de destripar a un humano con tan sólo un tajo o una estocada. Sabiendo que encontraría a Omar, decidí escribirle con el cuchillo en la pared un mensaje. Tardé unos largos minutos en tallarlo con el tamaño suficiente, pero quedó bien claro: "Nos encontraremos en el asentamiento Chatarra Wylon". Ella debía recordarlo. Hacía unos días que pasamos por allí y nos permitieron pasar la noche. Buenas personas, pero incapaces de entender que poco tiempo sobrevivirían. Suspiré. Guardé el cuchillo y de nuevo preparé la pistola y me dispuse a volver a aquel asentamiento. Allí podría esperarla. Allí volveríamos a estar juntos.

Clark

Juvia me despertó con un húmedo y cálido lametón en la cara. Al menos el primero me despertó, los siguientes sólo me ayudaron a espabilar -Agh, por el amor de...- me la aparté con cuidado de encima -Juvia...- mascullé somnoliento, limpiándome la cara. El animal me miraba divertida ladeando ligeramente la cabeza -Espera... ¿Qué hora es?- miré el viejo reloj que llevaba encima para ver que hacía ya varias horas que había "amanecido". El cielo era gris oscuro en lugar de negro ¿Cuanto tiempo llevaríamos durmiendo? -Rose. Rose, eh- la zarandeé con cuidado. Se había acomodado irremediablemente en el asiento trasero del coche -Rose, despierta- por fin conseguí que abriese los ojos para verla dar un salto inesperado. Se rebulló nerviosa, seguramente sin recordar al despertar dónde se encontraba -Eh, eh, tranquila. Soy yo- me miró como quien mira a un maniquí que de pronto ha aprendido a hablar, pero me reconoció a los pocos segundos. Suspiró pesadamente -Sí, nos hemos dormido... Al parecer ambos necesitabamos un descanso- me encogí de hombros -Aunque eso no quita que hemos sido enormemente descuidados. Dormirnos en un viejo coche... Idiota, Clark- acabé musitando para mí mismo. Ella quiso saber por qué ¿Qué diferencia había entre una casa o un edificio y un coche? Sin moverse demasiado, los Aulladores no nos habrían visto de igual forma -No se trata de los Aulladores- dije, abriendo la puerta y saliendo con cuidado. Le hice señas para que saliese también -No sé qué clase de cosas habrás visto en estos años, pero si sólo has encontrado Aulladores, eres afortunada- me miró con cierta curiosidad, pero pronto le llamó el recuerdo. Me apremió a que aprovechásemos que todo estaba despejado para adelantarnos velozmente hacia la casa donde estaban los demás y yo simplemente asentí. Me armé con el rifle, lo preparé para abrir fuego y emprendimos el viaje a paso ligero, sin perder demasiado tiempo.

Hablamos poco durante el trayecto, pues no era demasiado largo. Menos aún cuando ambos podiamos diviar una muy fina columna de humo negro alzándose hacia el cielo. Tuve un mal presentimiento y sospeché que no era el único. La chica aminoró la marcha y empezó a clamar "no" al aire -Tranquila, no tienen por qué ser ellos- ella me miró con ojos acuosos y acto seguido echó a correr -¡Espera!- la seguí, pero la desesperación la llevó a ser veloz. En cuanto la vi a los pocos minutos frente a una casa ennegrecida por un fuego que hacía poco se había apagado, temí lo peor por ella. Me acerqué para serle de ligero apoyo moral para entrar -Quizá no estuviesen dentro- quise animarla, pero ella no dijo palabra. Se adentró por los destrozados pasillos hasta, finalmente, alcanzar el salón. Allí soltó un doloroso alarido que se transformó en lamento, llevándose las manos a la boca -¿¡Qué ocurre!?- alcancé a decir cuando llegué, tras ella, temiendo que fuese un peligro. Por instinto la chica se giró y se apretó contra mi brazo por un instante, queriendo no ver al hombre que yacía ahí, muerto y con el pecho destrozado. No lloraba, ni sollozaba. Simplemente estaba impactada y visiblemente repugnada por el espectáculo cruel que se había llevado a cabo con un antiguo compañero -¿Lo conocías?- la chica asintió, apartándose de mí enseguida y acercándose despacio al cadáver con la mano aún en la boca. Dijo que se llamaba Omar -Omar, eh...- negué con la cabeza -Lo siento, amigo- dije como despedida respetuosa a una vida más perdida -Los demás no tienen pinta de estar aquí- ella estaba de acuerdo -¿Y esto?- me llamó la atención una enorme inscripción en la pared, tallada en la madera con una hoja afilada. La chica lo leyó y automáticamente pareció volver en sí. Decía que eso lo había escrito un tal Adam -¿Adam? ¿Es alguie de tu grupo, no?- ella asintió -¿Y dónde está ese asentamiento? No me suena- la chica contó cómo habían pasado por esa zona hacía menos de una semana. Habría, recordando el recorrido directo, unos dos días hasta llegar allí, a paso ligero -Está lejos, eh- reflexioné, torciendo una sonrisilla. La chica asintió, pero debía ir. Era su grupo. Alegó estar muy agradecida por la ayuda que le había prestado -¿Te estás despidiendo?- la miré con aire divertido. Ella lo confirmó ¿No estaba claro? Ya tenía la respuesta que buscaba y quería reunirse con los suyos -Claro que está claro, Rose. Pero, perdóname si te parezco metomentodo y descarado, pero quiero acompañarte- Rose arqueó una ceja -No tienes que sospechar de mí. Es sólo buena voluntad- visiblemente animada por comprobar que al menos ese Adam y posiblemente los demás seguían con vida y tenían un punto donde reunirse, recuperó un tanto la sonrisa para decir medio en broma (o al menos esperé que fuera medio en broma) que resultaba sospechoso tanta amabilidad -Sospecha de mí, por favor, pero nunca de Juvia- la pastor alemán soltó un ladrido jovial -Es peligroso, ya lo sabes. Viajar solo nunca es recomendable, es prácticamente una muerte segura. Juvia es mi compañera por lo mismo. Ni siquiera yo me atrevo a surcar los páramos en total soledad- Rose lo sopesó bastante poco tiempo. Aceptó de inmediato mi ayuda, cosa que me alegró -Bueno, en ese caso será un placer ayudarte a llegar con los tuyos. Pero lidera el camino, ya que sabes hacia dónde ir- la chica se volvió hacia Omar antes de echar a andar -Sé lo que piensas- suspiré -Pero enterrarle es una pérdida de tiempo y energía que podemos aprovechar para avanzar. Es triste, pero es pasto de Aulladores. Incluso enterrado... lo sacarán de la tierra y lo devorarán igualmente- la chica suspiró. Dijo saberlo ya. Imaginé por esas palabras que no era el primero al que perdían... Pues claro ¿Quién, en este mundo, era ajeno a la muerte de un compañero o ser querido? Yo luchaba cada día por no reconocer ese sentimiento. Por proteger a mi única compañera. Y tenía la sensación de que aun siendo un perro, Juvia pretendia lo mismo. Hasta el ser más inocente temía a la soledad absoluta en el lugar que se nos había legado para vivir -¿Nos ponemos en marcha?- la chica asintió. Por fin podíamos avanzar. Esperaba poder ayudar a la chica a encontrarse con los suyos sin mayores problemas...

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Rose

Las pisadas sobre la nieve y ceniza, hacían el ruido suficiente como para que en la carrera, nuestros sentidos estuviesen siempre alerta. En un primer momento, pensé que a buen ritmo, llegaríamos en una hora mas o menos hasta la casa donde me había refugiado anteriormente con el grupo, o eso aseguraba Clark, quien parecía conocer aquel sitio bastante mejor que yo. Sin embargo, conforme avanzábamos, los problemas empezaron a acecharnos. 

El hombre me puso una mano en el hombro sano, deteniendo el trote. -¿Qué pasa?- pregunté en la voz más baja que pude. Él no contestó. No hacía falta. Estábamos siendo perseguidos por los Aulladores. Sus gruñidos, sus aullidos guturales, se hacían eco cada vez más cerca de nosotros. Se podían oír desde todas direcciones. Si bien pensábamos que podríamos haberlos dejado atrás, nos equivocamos estrepitosamente. -Mierda... Mierda- temblé -¿Qué hacemos?- Clark fue rápido pensando. Tras una ojeada acelerada a nuestro al rededor, señaló a un vehículo abandonado en mitad de una carretera. -¿Un coche? ¿Estás loco?- recordó que el estar quietos y no hacer ni un ruido, sería más que suficiente. Regresar en nuestros pasos y buscar una casa mas o menos estable y que no se cayera sobre nuestras espaldas nada más pisarla, sería un suicidio. En eso tenía razón y yo no era quien para discutirle. 

Corrimos hasta aquel coche, que antaño debió ser de un azul brillante y precioso. Clark consiguió abrir una de las puertas sin ningún tipo de esfuerzo. Nos adentramos en la parte trasera, mientras que Juvia, aquella amigable perrita, se acomodó en la delantera. Uno de los cristales de las ventanas, cedió al cerrar, lo que atrajo a los Aulladores a nuestro punto exacto. Agachamos nuestras cabezas, intentando que no fuésemos perceptibles de ninguna de las maneras. Y por último, guardamos silencio. Mi aliento estaba tan entrecortado, que ni si quiera se me podía oír respirar.  Les oímos llegar. Por la dirección en la que sonaban sus gruñidos, diría que nos habían rodeado y ahora nos buscaban agudizando por completo sus oídos. Uno de ellos, llegó a subirse sobre el coche, momento en el que sentí que el corazón me iba a reventar de la inquietud. Quizá lo hubiese hecho, de no ser porque Clark se topó con algo sobre la esterilla del coche, un aparato electrónico, o como Adam los había llamado una vez, teléfono móvil. Lo lanzó desde el interior hacia la ventanilla destrozada, de manera que impacto a unos metros contra el suelo. Al instante, todas las fieras que nos rodeaban se fueron corriendo en direción al teléfono, dejándonos solos a plena oscuridad nocturna. 

-Ese cacharro... por una vez en mi vida le encuentro utilidad- murmuré, recobrando el aliento y acomodándome en el asiento. Clark hizo lo mismo. Se recomponía de igual forma. Ambos habíamos mantenido demasiada tensión en un solo instante. -¿Crees que no volverán?- El hombre suspiró. Era difícil saberlo, de forma que lo mejor era no hacer ruido y punto. -Pero tengo que ir a buscar a mi grupo...- admití. El chico se giró y me contempló estupefacto. Si iba, posiblemente moriría. Guardé silencio y me crucé de brazos. Al rato, asentí. -Es cierto...- miré por la ventanilla. Casi no podía distinguir los árboles en el camino ni el asfalto sobre el suelo húmedo. La oscuridad era demasiado grande en aquella noche que poco tardaría en acabar. -Gracias, Clark- musité -Por ayudarme- añadí -Es muy raro encontrar a alguien que ofrece ayuda desinteresada. Me alegra que seas así- Quizá mi comentario sonó demasiado estúpido e infantil, porque provoqué una sonrisa en él -Lo digo porque he conocido a poca gente así, y bueno... Se supone que antes el mundo contaba con más ayuda desinteresada... Yo no lo recuerdo- El chico preguntó mi edad mientras se recostaba sobre el asiento más cómodamente -Tengo veinticuatro años... los mismos años que cumple el mundo en este estado. Nací en el mes en el que todo se volvió del revés, o eso me contó mi padre- expliqué -No tengo recuerdos de nada bonito, nada... tal y como lo cuenta la gente mayor que yo. Encontrarme con gente que aun guarda los valores de aquella época, me hace sentir que puedo llegar a conocerla un poco... Algo así como volver atrás- confesé. Tras ello, guardé silencio. Me dio la sensación de que había sonado aun más estúpida -Lo siento, no te quiero aburrir con eso- sonreí -A veces charlo demasiado y digo cosas sin sentido. Ya me lo han avisado- Me rasqué la nuca. No sabía como excusarme ni mucho menos qué más decir para acabar con aquel silencio tan incómodo. -¿Hacia donde ibas?- pregunté, lanzando una mirada más detenida al interior del vehículo. Clark explicó que no seguía ningún camino claro. Buscaba recursos para llevar a una ciudad llamada Faro, cuando me encontró vagando por la arboleda. -Vaya... siento haberte detenido- me disculpé -¿Tienes un grupo allí?- El negó. No se trataba de un grupo. Lo que allí tenía era todo un asentamiento de gente que había decidido echar raíces y subsistir. Él solo les estaba ayudado. -¿Hay un sitio así cerca? Oh, Dios mío...- los ojos me brillaron. Estaba maravillada. Hacía un par de años desde que encontré el último asentamiento que pude ver. Los supervivientes, por lo general, habíamos acostumbrado a vagar. El descontrol hacía que los grupos fuesen pequeños e insuficientes como para asentarse. Encontrar a un grupo grande que lo había conseguido era... impresionante. Por desgracia, Adam no quiso unirse a aquel último en el que dormimos un par de días. Si no... -¿Tenéis comida y agua? ¿Pasáis frío?- Clark suspiró. Aseguró que realmente, subsistían a duras penar. Aunque formaban un buen asentamiento, no todo les iba bien. -Vaya... lo siento. Quizás, cuando nos encontremos, podríamos ir si aceptáis gente. No podríamos quedarnos porque somos un grupo errante, pero podríamos ayudar unos días. La otra chica del grupo cocina de maravilla con cualquier cosa que encuentre, y Adam es un gran tirador-  alardeé con ilusión. Ilusión que desapareció al instante en cuanto recordé a los demás. Aquel cambio de sentimientos fue percibido por Clark, quien no dudó en preguntar. -Es que... estoy preocupada. Nos asaltaron unos hombres, una banda organizada. No pude ver sus caras, no se quienes son. Yo pude escapar, pero justo antes de hacerlo, oí un disparo y luego caí. No se que habrá pasado- expliqué -Si les ha pasado algo... No soy nada sin ellos- Tras decir aquello, se instauró un nuevo silencio que incluso Juvia respetó. Estábamos cansados. Yo necesitaba dormir desesperadamente, pero la preocupación y la inseguridad, sumados a la ligera desconfianza ante un desconocido, empezaban a hacer mella en mí. -Por cierto, me llamo Rose. Rose Walker- le sonreí. Allí, en el interior de aquel coche, poco que hacer quedaba ya.
Clark

Cuando la encontré, estaba cubierta de nieve. Llevaba largo rato siguiéndole los pasos desde que en la lejanía, tras el caos que aquel grupo de personas ocasionó en la urbanización colindante donde los vi por primera vez. Pude contemplar su oscura figurilla aventurándose torpemente en la penumbra, entre árboles y nieve, a lugares inciertos. Me pregunté si sabía a dónde iba, si tenía alguna base, algún campamento, algún lugar al que regresar en caso de emergencia como aquella. Me serví de Juvia para seguirla a distancia prudencial y sin embargo lo único que pude percibir desde lejos era su inquietud. Cuando se percató de su soledad no hacía más que mirar hacia todas direcciones, respiraba agitada. Se aferraba a algún árbol o piedra en busca de un mínimo apoyo para poder pensar con frialdad. Y el brazo. Le dolía el brazo. Se lo sostenía constantemente y cuando no lo hacía le colgaba ligeramente rígido al lado del costado. Necesitaba ayuda y no parecía precisamente peligrosa. Juvia parecía percatarse de ello también, pues agitaba su cola con cierto ánimo mientras la contemplaba. A ratos me miraba moviendo sus orejillas, soltaba un sollozo leve para luego volver a mirarla. Mi buena y dulce compañera, siempre tan compasiva y protectora. A mí no me daba mala espina, pero el mundo en el que viviamos no era precisamente el idoneo para ir saludando al vecino cuando te lo cruzabas por la calle. La supervivencia del individuo era la clave principal para ver un nuevo amanecer, si es que se le podía llamar amanecer a la llegada del "día" que sólo se diferenciaba de la noche porque el cielo era gris en lugar de negro, ya que la luz del sol poco o nada atravesaba las pesadas capas de nube de polución y radiación, y dado el caso, casi que era mejor. Había visto a gente quemada por un tenue rayo de sol que alguna vez encontraba hueco entre las murallas nubosas. Había visto la piel abrirse como si fuese una fina lámina de plástico expuesto sobre una cerilla o un mechero. Había oido los gritos y había visto morir a esas personas porque ningún medio de los que quedaban en esos días aciagos era suficiente para tratar semejantes heridas. Y ahí estaba ella. Sola, en mitad de la oscuridad nevada, a punto de hiperventilar. Tenía miedo y su miedo, su respiración agitada, los atraería. A las sombras y los monstruos que antes eran animales comunes y corrientes. Tenía que ayudarla, estaba decidido. Me levanté de la nieve en la que me agazapaba para estar fuera de su vista y con el rifle preparado en caso de necesitar abrir fuego comencé a acercarme. Juvia iba tras de mí, como le había enseñado, para protegerla -Eh- la llamé y acto seguido se giró hacia mí con la velocidad del rayo, esgrimiendo un revólver -Tranquila- dije veloz, alzando una mano y apartando el cañón del rifle de su trayectoria -No soy el enemigo- ella no me hizo caso y me siguió apuntando. Le temblaba la mano. Mucho. Hubiese necesitado las dos seguramente para apuntar con precisión y su brazo herido no se lo permitía -Te estado observando. Has estado huyendo. Asaltaron una urbanización en la que estabas ¿No es así?- pregunté con cautela. La chica me miraba con dudas, pero con los labios fruncidos. Cargó el martillo del revólver cuando di un paso hacia ella. Me aconsejó asustada y enfadada que no diera un paso más y que me marchase por donde había venido -Me llamo Clark- dije, tratando de establecer una pequeña conexión -¿Tú tienes nombre?- no me lo dijo -Esta es Juvia- la perra lanzó un ladrido amable. La chica apuntó también al animal, desconfiada -Estás herida. El brazo- señalé -Puedo ayudarte. Quisiera ayudarte- ella negó con la cabeza ¿Ayudarla? ¿Qué clase de desconocido ayudaba así porque sí? Querría aprovecharme de ella o robarle. O ambas cosas -No es el caso, te lo aseguro- no, no me creía, dio un paso atrás y me advirtió de que abriría fuego si la seguía -Escúchame, en esas condiciones poco o nada vas a poder hacer para subsistir. Y si estás sola podemos acompañarnos hasta un lugar donde estar a salvo- traté de sonreir para tranquilizarla, pero no lo conseguí. El miedo y la desconfianza, la paranoia, todo era más que suficiente para que simplemente se reprimiese a sí misma y apretase el gatillo. Conseguí ponerme a cubierto tras un árbol mientras ella me gritaba que huyese -¡No dispares!- advertí. Ella hizo caso omiso y retrocedió sin dejar de apuntarme. Sollozó ligeramente sobre que la dejara en paz, que tenía que volver, que tenía que "encontrarles" -¡De acuerdo, pero no dispares, voy a salir!- me gritó que no lo hiciera o no tendría más remedio que disparar. Lo siguiente que oí fue un gemido de dolor y un ladrido. Cuando salí de la cobertura, Juvia estaba a su lado. La había asaltado y seguramente sin mayor intencion, la chica debía de haberse golpeado la cabeza contra el árbol. Al acercarme, efectivamente, se había desmayado, o eso quise pensar. Le tomé el pulso. Estaba bien. Le quité la pistola y me la guardé en la chaqueta -Creo que se te ha ido de las patas Juvia- mi compañera jadeaba feliz, olisqueando a la chica -¿Te gusta, no? No te la puedes comer- bromeé, cargándola en brazos -Es normal que esté asustada. Además parece ser algo joven...- la observé bien. Era mona. Bastante guapa. Una lástima que nuestro encuentro tuviese balas de por medio y a una pastor alemán con demasiado empeño en protegerme, aunque era un detalle que le agradecía a mi vieja amiga -Vámonos de aquí...- agucé el oido. Casi lo oí. Aquellos gañidos en la noche, ocultos en la penumbra, lejanos, que no tardarían en llegar atraidos por el disparo de la chica -Vamos, Ju-

Tras una larga caminata conseguí retroceder hasta los límites de aquella urbanización. Estábamos lejos de donde la chica huyó, pero no tanto como si hubiese seguido por la dirección que seguía en el bosque. Nos pusimos a cubierto de nuevo en un edificio abandonado. La tendí en el suelo con cuidado. Estaba helada, y el suelo también. Me descolgué la enorme mochila de la espalda y tendí una vieja manta raida en el suelo y la puse sobre ella para que tuviese algo más de calor. Tomé además unos cuantos libros, cajones vacíos y demás materiales que fuesen fáciles de prender en llamas y monté una pequeña hoguerilla improvisada. No sería demasiado grande, pero al menos ayudaría a que la chica no se helase. Ni yo tampoco. Mientras dormitaba le examiné la cabeza para asegurarme de que no sangraba y afortunadamente, así era. Con respecto al brazo, me permití el lujo de abrirle la chaqueta y sacarle el brazo herido con cuidado. Palpé la muñeca, el codo y el hombro. Fue esta última articulación la que estaba dañada: dislocada. Con cuidado, pegué un tirón que hizo crujir la articulación al recolocarse. Se despertó gritando -Shhh- ordené -Silencio, muchacha. No es buen momento para armar escándalo- me maldijo. Trató de zafarse -Quieta- recomendé, pero seguía moviéndose. Me dio tal bofetada que Juvia ladeó la cabeza al oir el restallido de mi mejilla -¡Quieta!- exclamé en baja voz, tomándola con cuidado del hombro sano y aprisionándola entre mi cuerpo y la sábana en la que estaba tumbada. Entonces fue cuando nos miramos a los ojos con claridad -No hagas ni un ruido más ¿Estamos?- mascullé y tal vez fue que la intimidé con mi tamaño físico en contra del suyo, o el extraño ambiente que reinaba en el edificio, lo que la hizo callar -Si mueves un músculo, si haces el menor escándalo, eres un cadáver ¿Estamos? Estoy tratando de ayudarte. Te he arrastrado hasta aquí, te he tendido en mi manta, te he encendido una hoguera y te he recolocado el maldito hombro. Yo sólo te estoy pidiendo a cambio que no hagas ruido- se tragó mis palabras en silencio y quizá eso la hizo reflexionar. Me aparté de ella como si fuese común estar tan apegado a una desconocida. Entonces, para muestra definitiva de confianza, le devolví el revólver -Esto es tuyo- lo tomó con desconfianza, pero no me apuntó con él. Era un buen paso. Miró extrañada al rededor, luego a mí y finalmente a Juvia. Ésta meneaba la cola y jadeaba con dulzura -Perdónala, ya te advertí de que no dispararas- de mi mochila saqué, de nuevo, un tarro de aluminio bastante viejo y algo abollado y un soporte de hierro con tres patas. Lo puse sobre la hoguera y sobre el soporte, el tarro de aluminio -Espera un momento- me levanté y salí al exterior con el rifle a cuestas. Juvia no perdió de vista ni un instante a la invitada.

Cuando regresé, venía cargado con una bola de nieve igual de grande que mi puño. Había tardado unos minutos asegurándome de que era nieve y no ceniza lo que traía. La metí en el tarro y esperé a que se deshiciera y comenzase a hervir. Tomé después unas pequeñas bolsitas similares al viejo té que se vendía en mi niñez. No era té en absoluto, ni manzanilla, ni tila. Eran simplemente un conglomerado de hierba molida y algo de flores, bolsitas que compré en un asentamiento hacía unos meses a varios kilómetros del lugar en el que nos encontrábamos, lejos de la Frontera. No era precisamente delicioso, ni tan siquiera era sano ¿Pero qué era sano en esos tiempos? Al menos daba un sabor mucho más soportable al agua, que el sabor que de por sí tenía sin ningún tipo de aditivo. Me costó bastante caro... pero tenía de sobra. La chica estaba asustada, sola y herida. Tal vez un gesto de buena voluntad pudiera convencerla de relajarse del todo. Metí aquella bolsita en el tarro y dejé que hirviera por unos minutos más. El silencio reinaba entre nosotros. De vez en cuando la estructura crujía. Otras veces se oían inquietantes murmullos y rumores desde el exterior. Como si el viento tratara de advertirnos o hablar con nosotros -Está listo, puedes beber- le dije, ofreciéndole el tarro -Hay suficiente para los dos. Hoy la nieve está más o menos tolerable por el cuerpo- al tomar el tarro se percató de que no tardaba en enfriarse. Lo olfateó. Me preguntó qué era -Sinceramente no sabría describirte exáctamente qué es... pero seguramente es más potable que cualquier otra cosa que hayas bebido últimamente. Salvo café. Si tenías café podías considerarte verdaderamente afortunada- permaneció observando el brebaje durante largo rato, pensativa -Si no vas a beber dámelo antes de que se enfríe- comente encogiéndome de hombros. Ese comentario quizá la animó a dar un sorbo. Como siempre he dicho, no estaba delicioso precisamente, pero se dejaba beber. Compuso un gesto de amargura pero el calor pareció aliviarla un poco, lo suficiente para que se atreviese a dar un segundo trago más. Ese pareció gustarle algo más que el primero. Me cedió el tarro y bebí también. La tensión entre ambos pareció relajarse un poco. Ella fue la primera en hablar esta vez, para preguntarme el por qué la había ayudado, mientras se acariciaba el dolorido brazo que aún no podía mover muy bien -No necesito motivos- ella aseguró que sí. Sí en las circunstancias actuales -En ese caso, si quieres un motivo, es que me gusta ayudar a los demás- le sonreí apesadumbrado -¿No te parece triste? ¿Tener que darte motivos por haber querido salvarte la vida?- la chica bufó, negando con la cabeza. Decía saber que yo quería algo a cambio y que más me valía decírselo ya -¿Tal vez un gracias?- aquello pareció enfadarla un poco, cuestionándose si me creía una especie de santo o caballero blanco -Sólo soy un espíritu antiguo, una persona del Antes. Soy un alma de ceniza, como me llamaron una vez- mantuve la sonrisa, mirando el crepitante fuego, dejando el tarro a calentar de nuevo encima, cuando oimos los aullidos. Cerré los ojos y suspiré, tomando de nuevo el rifle. La chica se estremeció. Aulladores, dijo -Sí... aulladores...- Juvia se puso en pie a mi lado, agitando el rabo, concentrada, con las orejas dando vueltas -No tienen por dónde rodearnos. Sólo tienen la entrada principal- me agazapé despacio, tumbándome sobre mi estómago. Apoyé el rifle con cuidado sobre mi mochila y simplemente esperé -Vendrán. Nos han estado siguiendo, acechándonos desde que me disparaste- suspiró la chica -No te culpes, seguramente te estaban observando cuando ya saliste corriendo hacia las arboledas...- musité, esperando, paciente. Pasaron unos minutos en completo silencio. Tanto que hasta el simple crepitar del fuego molestaba en los oidos de tan profundo que era. La chica se atrevió entonces a decir que no podía esperar más metida en aquel lugar, donde fuera que estuviese. Que tenía que encontrar "a los demás" -Shh...- pedí -Están aquí...- la muchacha frunció el ceño y entonces lo oyó. Un gañido casi de ultratumba. Agudo, penetrante, pero con doble voz, eterea y cavernosa a la vez. Por el hueco de la entrada asomó una sombra de un tamañó similar al de un humano caminando a cuatro patas. Un pelaje grisaceo, en las zonas donde conversaba pelo, se podía apreciar. El resto era piel desnuda, escamosa o agrietada, incluso algo supurante. Antaño eran perros, de cualquier raza. Ahora eran monstruos, seres de pesadilla. Los ojos eran orbes negros capaz de ver en la oscuridad más profunda. Sus bocas deformes eran largas, casi con sonrisas espectrales, con unos colmillos rotos, serrados y puntiagudos. Las patas eran largas, pero fuertes, musculosas, abultadas con protuberancias malsanas y distintos tumores. Se quedó allí, en el hueco, mirándonos babeante, con la cabeza torcida hasta un punto en que podría tener el cuello roto, pero aún así se podía mover. Su boca estaba completamente en vertical. Podiamos oir su respiración, pesada como si fuese un buzo respirando bajo el agua. De su enorme boca y sus orificios nasales salía un vaho que auguraba no debía oler nada bien. La chica y yo estabamos helados en nuestra posición. Incluso Juvia se mantenía quieta como una estatua. No gruñía -No te muevas- susurré tan bajo que no sabía si me oiría. La chica al no comprenderme bien movió ligeramente la cabeza y la bestia rugió con fuerza, dando unos pasos hacia delante. Los aulladores, dentro de la gama de criaturas que ahora eran la fauna natural del mundo, no detectaban bien los objetos inmóviles. Un asentamiento lejano consiguió atrapar uno hace unos años, cuando comenzaron a aparecer y lo estudiaron, antes de que fueran tantos que fuese imposible plantarles cara si estaban en manada. La radiación les había mutado y ellos en concreto, hasta nuevo aviso, tenían una visión térmica. No distinguían a un humano de una hoguera, de un mueble, o de un charco de agua radiada más allá que por la temperatura. No eran particularmente inteligentes, de forma que sólo por el calor corporal no conseguían distinguir qué era comida y qué no. Era el movimiento y su agudísimo oido. Un disparo los atraía, la voz los atría. El movimiento era lo que les indicaba dónde atacar. Quizá la chica no estaba entarada de eso... y trató de sacar la pistola. El aullador se lanzó con un aullido infernal hacia nosotros y me obligó a apretar el gatillo. Las balas le perforaron de lleno el craneo y cayó a pocos metros de nosotros, supurando sangre oscura, gelatinosa y maloliente. El cuerpo de los aulladores estaba en un estado de semidescomposición permanente. Tanto la chica como yo pudimos tragar saliva por fin -Nunca suele haber uno solo. Estaba reconociendo el terreno- dije, sacando el cargador y comprobando las balas que quedaban en el cartucho para luego volver a colocarlo. Pisé la pequeña fogata y recogí el tarro de aluminio -Tenemos que irnos. Su aullido atraerá a los demás. Será mejor que nos movamos de prisa- la chica al parecer se entusiasmó con la idea. Tenía un lugar al que ir -Buscas a esos "demás" ¿no?- asintió -Venga, en pie- dije con paciencia -Te ayudaré a llegar hasta ellos. Si vas sola y con un brazo incapacitado eres pasto de estas cosas- la chica se levantó con la pistola en la mano y nos dispusimos a partir, saliendo del edificio por fin. El frío nos golpeó tan de lleno en la cara tras haber estado frente a la pequeña fogatilla que casi se nos parte el alma en pedazos -Juvia, vamos- llamé a mi compañera, que se había entretenido olfateando y gruñendo el cadaver del aullador. Vino corriendo hacia nosotros con un alegre trotecillo -No hay tiempo que perder-

martes, 26 de diciembre de 2017

Rose

Cada día que pasaba, me sentía más excluida del grupo que todos formábamos. Procuraba ser útil, capaz de ayudar en lo que hiciese falta, incluso en subir los ánimos, pero parecía que ni eso era suficiente para mi. 

Aquella noche, cuando Adam se fue de la casa en la que nos refugiábamos tras discutir, sentí la atenta mirada de todos los demás sobre mi cabeza mientras la mantenía gacha. Sabía que no había malicia en aquellos ojos, pero sí resentimiento. Yo no había sido quien había gritado mientras discutía sobre el liderazgo del grupo, y sin embargo, me sentía culpable de ello por ser la pareja sentimental de Adam. Con una corta mirada general, quise disculparme y demostrar que yo, realmente, estaba de parte de todos. Supuse que no había servido de nada porque no volvimos a hablar entre nosotros. Aquella estancia, que anteriormente quizá fue un bonito salón, se vio rodeado del silencio, únicamente interrumpido por los bufidos y el crepitar el fuego encendido.

Los minutos pasaron lentos, transformándose en horas oscuras sobre nosotros. Algunos ya dormían mientras que Adam, aun no se había dignado a regresar. Me vi obligada a salir a buscarle, procurando hacer el menos ruido posible para no interrumpir el leve descanso de los demás. Por suerte, no tuve que entretenerme en buscarle. Estaba allí, frente a la salida, oteando el oscuro y grisáceo cielo, como si se sintiese afortunado de contemplar una estrella después de varios meses sin poder nadie hacerlo. -Adam...- le llamé mientras me frotaba los brazos por encima del abrigo azul. -Es tarde- añadí al ver que no contestaba. Aun estando de espaldas, giró levemente el rostro para mirarme.
-Deberías estar durmiendo-
-Lo sé, pero... prefería esperarte- le sonreí, acercándome a él.
-Yo... estaba esperando que todos estuviesen durmiendo. No me apetece volver a hablar con nadie- gruñó
-Lo supuse- confesé. Al decir aquello, Adam abrió los ojos, sorprendido. Su iris oscuro brilló aún en una noche tan cargada de nubes y oscura como aquella.
-¿Tanto me conoces?- preguntó con cierto cariño en la voz. Ahí estaba, la persona escondida tras la bestia. Me limité a asentir, provocando que él me rodease con un brazo y me apegase a su largo costado.
-Eres como un niño gruñón al que no le devuelven su juguete preferido- bromeé. Sin embargo, él no sonrió. -No... no estoy diciendo que seas un niño. Solo estoy intentando que dejes de estar enfadado, sonrías y vengas conmigo a dormir- Adam suspiró lenta y largamente. Sentí que mis palabras no eran de ayuda para él, que yo no era suficiente para él. Terminó por asentir y caminar directo hacia el interior de la casa. Yo, simplemente, le seguí. Siempre le seguía.

Adam decidió no dormir cerca de los demás, de forma que nos acostamos sobre unas sábanas sucias que encontramos en la planta superior de la casa, o lo que más bien parecía, un trastero superior igual de destrozado. Por supuesto, ninguna sábana nos daría el calor que aportaba la hoguera encendida de abajo, pero quizás el orgullo del chico irradiaba la suficiente calidez para él. Yo aguanté el frío, abrazada a él. Encontré el sueño rápidamente entre sus brazos, que juraría, seguían tensos cuando cerré los ojos.

Esperaba encontrar la tenue luz de la mañana al ser despertada por mi acompañante de sábanas, no un ruido estruendoso y la completa oscuridad. Sobresaltados, ambos nos erguimos para oír como alguien aporreaba la puerta de la casa con algún objeto bastante duro. El corazón se me desbocó del pecho cuando oímos risas y voces desde el exterior, seguidos de siguientes porrazos que anunciaban echar la puerta abajo demasiado pronto. -Adam...- musité. El chistó. Se puso en pie, agazapado, manteniendo el control en todo momento. Se asomó por el hueco de la escalera y, con un brazo extendido, me indicó que debía quedarme atrás. No era la primera vez que nos asaltaban, pero cada vez que lo hacían, nos veíamos envueltos en demasiados problemas a pesar de no tener nunca nada de valor.

Después de dos golpes más, la quebradiza puerta cedió. El sonido que provocó su caída contra el suelo hizo que me pusiese en pie y colocase sobre mi hombro la mochila que contenía mis cosas. -Saqueadores...- murmuró Adam en voz baja cuando pudo verles. -Una banda organizada- 
-¡Vaya! ¡Mirad, tíos! Una panda de cuatro miserables, cobijados bajo una casa de techo destruido y... con una calentita hoguera encendida. ¿Estabais jugando? Sois unos viciosillos... ¡Tres contra una!- su voz era tan prominente, que se oía a la perfección la voz de aquel hombre desde nuestra posición. Adam alargó un poco más su brazo hasta recoger su arma por si tuviese que defenderse. Aquel simple gesto me convenció de que todo iba demasiado mal.
-Adam...- mentiría si dijese que no estaba asustada y que cada parte de mi temblaba de terror. Él volvió a chistar
-¡Vamos a ver! ¿Qué cosas útiles tenéis por aquí?...- En efecto, nos iban a robar, y como siempre, con violencia. Me dispuse a tomar mi arma, un simple revolver que llevaba conmigo desde que Adam me lo entregó al poco tiempo de conocernos. Apenas tenía tres balas, por eso me preocupaba tener que disparar. No se me daba bien y seguramente, las malgastaría y no me protegería. La sostuve como si me fuese la vida por completo en ella, dispuesta a acercarme a mi pareja hasta que éste me detuvo.
-Esa ventana de ahí. Coge mis cosas también. Vete- con su dedo, señaló a una ventana rota que había a nuestras espaldas.
-¿Qué?- pregunté con la voz más baja que mis cuerdas vocales me permitieron
-Alguien tiene que poner a salvo lo que es nuestro. Yo me quedaré aquí. Tengo que ayudarles-
-Pero... ¿Y yo?-
-Tú corre ¿De acuerdo? Te buscaré-
-Pe...pero ¿Y si no puedo?-
-Rose, por lo que más quieras, no es momento de dudar y hacerse preguntas. Coge nuestras cosas y vete. Te buscaré- repitió. Con la barbilla encogida, asentí. En otras circunstancias, le hubiese besado o dado un abrazo antes de separarnos, pero aquel no era el momento. Cargando su mochila en el hombro libre, me separé de Adam.

Salí por la ventana, aferrándome al marco de la misma dejándome las uñas con el esfuerzo. Intentando mantener la calma, estudié la situación. Estaba a unos seis metros del suelo y contaba con algunos salientes de ladrillos provocados por el propio derrumbe de la casa sobre los que podría avanzar. No estaba todo perdido. Me moví con cautela, intentando hacer el menor ruido posible. De mientras, oía como el grupo discutía con aquel grupo de saqueadores, disputándose entre insultos y amenazas como transcurriría aquel saqueo. Y de repente, un disparo. Ensordecedor, enorme. En mis manos sentí como las paredes de la casa vibraron. Me quedé helada. Ese arma... ese arma no era nuestra. Los gritos desde el interior anunciaron que algo no había salido bien. ¡¿A quien habían disparado?! ¡¿Adam?! Me puse demasiado nerviosa, y finalmente, caí contra el frío suelo de lado. Oí un crack interior seguido de un intenso y agudo dolor, pero nada más. No se oían gritos, ni quejas. La luz de las linternas rodear la fachada de la casa me indicaron que me habían oído caer, y por ello, casi sin pensar, me puse en pie tras agarrar como pude las mochilas y salí corriendo, asustada, horrorizada, con los ojos llenos de lágrimas. Nos habíamos refugiado en una casa perteneciente a una urbanización construida entre dos poblaciones y prácticamente, en mitad de una arboleda pobre y desprovista de lugares donde esconderse. Por ello, no conté con recursos y escondites que me permitiesen no alejarme demasiado. Solo pude correr, correr, correr y correr hasta que las luces de las linternas dejaron de adelantarme el camino y los gritos que dejé atrás ya estaban mudos.

Estaba sola.

Adam

De entre tantas cosas que un hombre puede soportar, a veces, la que más difícil se hacía de sobrellevar era ver a los tuyos caer. La noche como de costumbre era helada, gélida, calaba los huesos. El ambiente estaba embadurnado de niebla y el olor... el olor siempre era repugnante. El fuego crepitaba con fuerza, al menos eso sí lo habíamos logrado. Eramos un grupo notablemente pequeño en ese instante... más de lo que debíamos. De 15 personas habíamos descendido a la irrisoria cifra de 6. Angustiante. Alan, Moira, Jackson... todos habían caido por el camino, presa del hambre, la enfermedad, la asfixia. El mundo se fue a la mierda hacía ya más de 20 años... y pocos quedabamos vivos que recordáramos apenas un ápice de cómo era antes. Incluso olvidamos los nombres de los lugares en los que estábamos. Ya no sabiamos qué clase de tierra habitábamos, ni los restos de qué ciudad. Nos importaba el presente, sólo y únicamente el presente. Aunque a mí, a veces, me tentaba la idea de pensar en un futuro. Rose, mi chica, me sacó de mi ensimismamiento en ese momento apegándose a mí en busca de calor. La rodeé con el brazo izquierdo para hacerle hueco bajo mi costado. Era bastante más alto que ella, más ancho, más fuerte. Debía protegerla, era mi cometido -¿Estás bien?- la chica asintió, tiritando. Sentía casi la frialdad de su piel a través de las pesadas capas de ropa que llevábamos encima
-Esto no pinta bien, Adam- masculló Arnold, con su quebradiza piel oscura acercando las manos al fuego -Las noches se complican, cada día más. Ni siquiera estamos ligeramente cálidos en las ruinas de una casucha como esta- tenía razón y eso me dolía. Miré a mi alrededor. Antaño debió de ser un hogar acogedor. Ahora tenía surcos y grietas por doquier. Estanterías rotas. Sofás, sillas, viejos retazos de lo que en su momento pudo haber sido un televisor. Desvanecido. Recuerdos y fantasmas era cuanto pululaban por esas esquinas. Ni siquiera quedaban ratas, o lo que antes conocíamos como ratas, para merodear por sus siniestros rincones
-Sobreviviremos- dije, sin más, con la vista clavada en el fuego hasta el punto de secarmelos
-No lo creo, amigo mío, no lo creo- Arnold apenas tenía la misma edad que yo y parecía mucho más mayor. El castigo del tiempo, del ambiente, de la vida que había llevado hasta encontrarle hacía casi un mes... -Estamos perdidos. La humanidad está perdida. Los que seguimos luchando sólo perdemos el tiempo. Más valdría cargar las pistolas y pegarnos un tiro en los sesos. Mostrar algo de piedad con nosotros mismos- sus palabras comenzaron a calar, con su enorme y cargante pesimismo, las almas de los demás. Eramos como dije, seis. Seis pobres diablos que deambulábamos de aquí para allá, buscando un hogar, un asentamiento que entre todos consideráramos definitivo, que consideráramos seguro. Y siempre, siempre, había alguna pega. Siempre alguno estaba en desacuerdo y esos desacuerdos sólo nos llevaban a vagar aún más sin rumbo, a perdernos en sombríos parajes, como en esa precisa situación... Apreté los puños en silencio
-A veces creo que Arnold tiene razón- masculló la joven Lin, una asiática casi de la misma edad que Rose -¿Y si es el fin, de todas formas? ¿Por qué luchar, Adam?-
-¿Podemos hablar de otra cosa?- dije, tratando de calmar los ánimos. Los míos, concretamente
-De nada sirve, Lin... Adam no escuchará por nuestro porvenir-
-¿¡Que no escucho!?- bramé, harto, cansado, consternado por oir lamentos casi a diario. Sentí la mano de Rose tratando de retener mi arrebato, pero de nada sirvió. Me puse en pie, frente a la hoguera -¿¡Qué es lo que queréis, panda de desagradecidos!?- rugí como un león -Camino, busco, ayudo, rescato. Os arrastro tirando con todas mis fuerzas ¿Para qué? ¿Para oiros lloriquear? Se supone que somos un grupo ¡Un equipo!- señalé a cada uno -Y no estaría de más aunque fuese por una vez que mostrataseis algo de valor y determinación, algo de decisión para moveros por vosotros mismos y alzar las manos contra cualquier peligro que se acerque, contra cualquier mal que pueda asolarnos, incluyendo el hambre y la radiación ¡Dejad de llorar y poneos en pie malditos seais todos y cada uno!- incluso pisé el suelo con fuerza. Estaba furioso. No podía evitarlo. Llevaba días aguantandome el no explotar... y mi naturaleza me pedía a gritos desfogarme. Sin embargo lo único que logré, como de costumbre, era que todas las miradas bajasen hasta el suelo. Lin comenzó a llorar y Arnold la abrazó para consolarla. Nate se mantuvo de nuevo al margen, abrazado a su chico, Omar, de raza extranjera. Todos eramos cuanto menos jóvenes. Arnold y yo eramos los únicos que podiamos recordar un ápice de lo que era el Antes. Y eso es lo que le volvía tan terriblemente negativo. Añoraba el cielo azul. Añoraba los rayos del sol antes de que nos derritiesen la piel y nos la arrancase a tiras. Ahora todo era gris. En ocasiones verdoso o negro. La Tierra ahora debería llamarse Oscuridad
-No nos sirve de nada que grites, Adam- dijo precisamente Omar, dejándose abrazar por su chico -En absoluto. No nos da de comer, ni nos hace perder el frío. No nos da ánimos para seguir adelante...-
-No pretendo gritaros. Maldita sea, no quiero enfadarme, jamás lo pretendo ¿Pero imaginais acaso lo que cuesta liderar un grupo de personas que no se dejan ayudar?- en ese preciso instante oí a Arnold soltar un suspiro que casi era una risilla -¿Tienes algo que decir?-
-Que hablas de liderar como si hubieses sido elegido por todos y cada uno de nosotros. Nadie te ha pedido que seas nuestra niñera. Nadie te ha pedido en resumen que seas nuestro jefe- pude sentir la mirada de Rose recorriendo el terreno hasta mí
-¿Entonces por qué me seguís?- pregunté, sin más -Si no me consideráis un líder ¿Cual es la razón por la que venís conmigo?-
-No lo entiendes ¿no?- gimió Arnold -No te seguimos a ti Adam. Vamos juntos. Somos un grupo. No dependemos de ti, sino de todos nosotros a la vez-
-Arnold tiene razón- se decidió a decir Nate -No seguimos el camino por ti. Sino por nosotros mismos. Por el bienestar de todos-
-Ese es precisamente el problema. Uno de tantos- terció Omar -Crees que eres el líder, que te debemos devoción y pleitesía. Que recibimos tus órdenes como si fueras un general de un pequeño ejercito. Deberías dejar de preocuparte tanto por si te obedecemos, si te seguimos o no... y simplemente dedicarte a pensar en cómo sobrevivirás a hoy y mañana. En como sobrevivirá tu pareja. En como sobreviviremos todos-
-Esto es inaudito- gruñí -¿Creeis que no lo hago? ¿Que sólo me preocupo porque parezcais un ejército?-
-Es lo que parece. Si hasta te diriges a nosotros gesticulando como todo un militar- terció de nuevo Arnold. Estaba aumentando su caracter hacia mí conforme pasaban los días y directamente, en ese momento, se estaba sublevando
-Vigila tu tono, Arnold-
-¿O qué, "señor"? ¿Vas a destituirme? ¿A bajarme el rango?- se puso en pie, enfrentándome -¿Vas a mandarme a pelar patatas a algún barracón? Ah, no, espera ¡No hay barracones, ni tengo rango que degradarme ni del que destituirme! ¡Espera, hay más! Ni siquiera eres un "señor" al que obedecer, sino un tipo con conocimientos útiles para permanecer en un grupo y que se considera lo bastante importante como para pensarse a sí mismo como el jefazo, el puto amo, al que hay que seguir o todos nos moriremos de hambre, porque esa es otra y es lo más importante de todo cuanto he dicho, Adam- se acercó a mí y me miró directo a los ojos -Tampoco hay patatas- tragué saliva -Así que deja de pegar voces y tratemos de dormir, o lo que coño sea que podamos hacer. No des ni una sola voz más-
-¿Es una orden?- cuestioné, altivo. Arnold suspiró pesadamente
-Es una sugerencia. Pero tú, que tanto adoras la milicia, tómatelo como te salga de los cojones- concluyó hostil, volviendo a abrazar a Lin, que seguía sollozando. Rose me volvió a tomar del brazo y me invitó a que nos recogiésemos junto al fuego, pero la obligué a soltarme y salí al exterior de la casa. Sonaba paradójico, pero necesitaba respirar.

Fuera el mundo se veía de otra forma. Sólo bastaba con dejar la ligera seguridad que te proporcionaba una casa medio destrozada. Más allá de sus ladrillos casi desnudos, el mundo era una completa pesadilla. El terror estaba en cada esquina, porque no sabías que podías encontrar. Quizá algún bandido, tal vez un loco o peor: un brujo. Unos seres de tantos que se rumoreaban en los últimos años. Gente extraordinaria, como extraordinariamente locos que estaban. Aquellos que decían haber visto mundo tras la debacle clamaban su existencia, como de otras muchas monstruosidades ocultas en las sombras. Pero eran los brujos y las brujas, aquellos seres de cuentos, folclore y mitología, los que se decían habían hecho acto de aparición. Gente que no atendía a razones, que no seguían la lógica de este nuevo mundo. Gente con habilidades, con poderes, con dotes mentales que podían destrozarte la vida en un instante ¿Realmente esperaban esos que estaban dentro de la seguridad de cuatro paredes maltrechas, poder sobrevivir sin una visión diligente? ¿Sin una mente capaz, sin un corazón bravo dispuesto a hacer sacrificios...? El bien común era mi objetivo y sin embargo ellos no parecían entenderlo. O no lo querían entender... pero era la única salida.

Clark

-Juvia- llamé -¿Dónde estás?- a los pocos segundos oí su ladrido. Bufé. Me adentré entre recobecos de piedras filosas por poder seguirla. Maldita sea, dichosa perra traviesa brabucona. Llevaba largos minutos dentro de aquel edificio abandonado y poca señal de vida daba más allá de un ladrido escueto. Encendí la linterna que llevaba incorporado el rifle de asalto y avanzaba con cuidado. La oía jadear. Empezó a ladrar. Me oía, me olía. Me estaba llamando -Ya voy chica, ya voy- dije, mirando bien dónde pisaba y dónde me adentraba. Los copos de nieve se filtraban a través de grietas por todas partes, llenando el suelo de un blanco casi cegador a la luz de la linterna táctica. En uno de mis pasos oí un pesado crujido. Al apartar la bota, revelé la angustiosa visión de un craneo humano diminuto demolido bajo mi bota. Un niño pequeño, apenas un bebé seguramente. Se me partió el alma con sólo pensarlo. Me empezó a doler la cabeza y un zumbido molesto me perforó los oidos. Juvia comenzó a ladrar de forma desesperada -¡Ya voy, ya voy! Agh... Ya voy...- traté de calmarme, de no pensar. Esos dolores de cabeza me sacudían cada vez que algún recuerdo borroso de un mundo en calma y en paz, en comparación con el actual, se me venía a la mente. Un bloqueo me llegaron a decir. Un trauma, decían otros. Cuantas opciones para una sola respuesta válida... 

Proseguí el camino hasta alcanzar a mi compañera. Agitaba su cola con entusiasmo al verme. Ladró un par de veces y señaló con el hocico hacia un montón de nieve -¿Aquí, chica? Vamos a ver...- con cuidado me puse a cavar en el gran cúmulo níveo hasta que por fin pude ver unas viejas ropas militares, desgastadas, hechas jirones, con un chaleco táctico con cartuchos de munición. Pólvora. Eso era lo que mi preciada Juvia había olido -Oh, fantástico. Extremadamente fantástico- la acaricié con entusiasmo -Así me gusta, pequeña. Buena chica. Te has ganado una buena cena hoy- munición. Escasa y preciada munición. Llevar un par de cargadores más para el rifle y algunas balas sueltas de pistola o cartuchos de escopeta, aunque no tuviese ninguna, siempre resultarían convenientes -Apuesto a que quizá algún comerciante nos dará algo interesante que llevarnos al buche por esto ¿Qué opinas tú, eh?- pensé que ladraría entusiasmada, pero gruñó. Gruñó hacia el exterior en tono bajo, agazapándose en la nieve -¿Qué pasa, chica?- entonces lo oí. Me acerqué despacio hacia una ventana rota por la que se colaba la pesada nieve y me asomé con recelo. Mi gorro de lana negro en la cabeza me ayudaría a confundirme con la penumbra del edificio destruido, a salvo de los ojos confiados de aquel escuadrón que deambulaba dando patadas a cada viejo contenedor o restos de vehículos buscando algo interesante. Era un grupo organizado, estaba claro. En las chaquetas llevaban un escudo tejido a mano que no había visto antes. Un emblema de una antorcha roja bordada sobre un parche negro. El palo de la antorcha se convertía a su vez en una serpiente que se enrollaba en el propio palo y parecía sisearle a la llama que despuntaba rojiza y esperanzadora. No supe muy bien cómo tomarme aquel símbolo desconocido. Entonces les oí hablar.
-Allí hay humo- dijo uno, con un rifle francotirador en unas condiciones dudosas. La mira telescópica al menos funcionaba bien
-¿Estás seguro?- dijo el que parecía el lider, con una pistola de calibre .50 en la mano. Ese monstruo de arma era casi tan grande como su mano y parte del antebrazo. Un disparo cercano de esa cosa reventaría literalmente la caja torácica de cualquier ser vivo. El soldado le tendió el rifle y éste observó detenidamente. Se empezó a reir como quien ha oido una historia divertida -¡Coño, si es cierto!- le devolvió el rifle a su secuaz -Hay que ser imbécil- se repeinó los cabellos hacia atrás, apartándose la nieve amontonada. La barba mal afeitada le daba un aspecto andrajoso, pero los uniformes que lucían no estaban precisamente en mal estado. Eran peligrosos. Sin duda, tenían alguna clase de poder en algún lugar no muy lejano que les permitía lucir ropas decentes, aunque fuesen atuendos militares. El jefe se subió una braga que llevaba en el cuello hasta taparse medio rostro y después unas gafas para la nieve que llevaba colgando del cuello -Vamos allá entonces... Divirtámonos un poco. Ah... y no hace falta que hagáis prisioneros si no lo consideráis oportuno. Estoy en uno de esos días del mes en los que sólo veo sangre por todas partes- se mofó haciendo una broma sobre las mujeres demasiado obvia, demasiado sosa, sin gracia, pero él parecía animarse a sí mismo -¡Moved el culo! ¡Hacedme sentir que valéis para algo!- ordenó. Permanecí en las sombras viéndolos marchar. Sean quienes sean a los que iban a atacar, parecían estar en serios problemas... ¿Pero qué podía hacer yo sólo contra 20 hombres? Ojalá pudieran perdonarme...