martes, 26 de diciembre de 2017

Rose

Cada día que pasaba, me sentía más excluida del grupo que todos formábamos. Procuraba ser útil, capaz de ayudar en lo que hiciese falta, incluso en subir los ánimos, pero parecía que ni eso era suficiente para mi. 

Aquella noche, cuando Adam se fue de la casa en la que nos refugiábamos tras discutir, sentí la atenta mirada de todos los demás sobre mi cabeza mientras la mantenía gacha. Sabía que no había malicia en aquellos ojos, pero sí resentimiento. Yo no había sido quien había gritado mientras discutía sobre el liderazgo del grupo, y sin embargo, me sentía culpable de ello por ser la pareja sentimental de Adam. Con una corta mirada general, quise disculparme y demostrar que yo, realmente, estaba de parte de todos. Supuse que no había servido de nada porque no volvimos a hablar entre nosotros. Aquella estancia, que anteriormente quizá fue un bonito salón, se vio rodeado del silencio, únicamente interrumpido por los bufidos y el crepitar el fuego encendido.

Los minutos pasaron lentos, transformándose en horas oscuras sobre nosotros. Algunos ya dormían mientras que Adam, aun no se había dignado a regresar. Me vi obligada a salir a buscarle, procurando hacer el menos ruido posible para no interrumpir el leve descanso de los demás. Por suerte, no tuve que entretenerme en buscarle. Estaba allí, frente a la salida, oteando el oscuro y grisáceo cielo, como si se sintiese afortunado de contemplar una estrella después de varios meses sin poder nadie hacerlo. -Adam...- le llamé mientras me frotaba los brazos por encima del abrigo azul. -Es tarde- añadí al ver que no contestaba. Aun estando de espaldas, giró levemente el rostro para mirarme.
-Deberías estar durmiendo-
-Lo sé, pero... prefería esperarte- le sonreí, acercándome a él.
-Yo... estaba esperando que todos estuviesen durmiendo. No me apetece volver a hablar con nadie- gruñó
-Lo supuse- confesé. Al decir aquello, Adam abrió los ojos, sorprendido. Su iris oscuro brilló aún en una noche tan cargada de nubes y oscura como aquella.
-¿Tanto me conoces?- preguntó con cierto cariño en la voz. Ahí estaba, la persona escondida tras la bestia. Me limité a asentir, provocando que él me rodease con un brazo y me apegase a su largo costado.
-Eres como un niño gruñón al que no le devuelven su juguete preferido- bromeé. Sin embargo, él no sonrió. -No... no estoy diciendo que seas un niño. Solo estoy intentando que dejes de estar enfadado, sonrías y vengas conmigo a dormir- Adam suspiró lenta y largamente. Sentí que mis palabras no eran de ayuda para él, que yo no era suficiente para él. Terminó por asentir y caminar directo hacia el interior de la casa. Yo, simplemente, le seguí. Siempre le seguía.

Adam decidió no dormir cerca de los demás, de forma que nos acostamos sobre unas sábanas sucias que encontramos en la planta superior de la casa, o lo que más bien parecía, un trastero superior igual de destrozado. Por supuesto, ninguna sábana nos daría el calor que aportaba la hoguera encendida de abajo, pero quizás el orgullo del chico irradiaba la suficiente calidez para él. Yo aguanté el frío, abrazada a él. Encontré el sueño rápidamente entre sus brazos, que juraría, seguían tensos cuando cerré los ojos.

Esperaba encontrar la tenue luz de la mañana al ser despertada por mi acompañante de sábanas, no un ruido estruendoso y la completa oscuridad. Sobresaltados, ambos nos erguimos para oír como alguien aporreaba la puerta de la casa con algún objeto bastante duro. El corazón se me desbocó del pecho cuando oímos risas y voces desde el exterior, seguidos de siguientes porrazos que anunciaban echar la puerta abajo demasiado pronto. -Adam...- musité. El chistó. Se puso en pie, agazapado, manteniendo el control en todo momento. Se asomó por el hueco de la escalera y, con un brazo extendido, me indicó que debía quedarme atrás. No era la primera vez que nos asaltaban, pero cada vez que lo hacían, nos veíamos envueltos en demasiados problemas a pesar de no tener nunca nada de valor.

Después de dos golpes más, la quebradiza puerta cedió. El sonido que provocó su caída contra el suelo hizo que me pusiese en pie y colocase sobre mi hombro la mochila que contenía mis cosas. -Saqueadores...- murmuró Adam en voz baja cuando pudo verles. -Una banda organizada- 
-¡Vaya! ¡Mirad, tíos! Una panda de cuatro miserables, cobijados bajo una casa de techo destruido y... con una calentita hoguera encendida. ¿Estabais jugando? Sois unos viciosillos... ¡Tres contra una!- su voz era tan prominente, que se oía a la perfección la voz de aquel hombre desde nuestra posición. Adam alargó un poco más su brazo hasta recoger su arma por si tuviese que defenderse. Aquel simple gesto me convenció de que todo iba demasiado mal.
-Adam...- mentiría si dijese que no estaba asustada y que cada parte de mi temblaba de terror. Él volvió a chistar
-¡Vamos a ver! ¿Qué cosas útiles tenéis por aquí?...- En efecto, nos iban a robar, y como siempre, con violencia. Me dispuse a tomar mi arma, un simple revolver que llevaba conmigo desde que Adam me lo entregó al poco tiempo de conocernos. Apenas tenía tres balas, por eso me preocupaba tener que disparar. No se me daba bien y seguramente, las malgastaría y no me protegería. La sostuve como si me fuese la vida por completo en ella, dispuesta a acercarme a mi pareja hasta que éste me detuvo.
-Esa ventana de ahí. Coge mis cosas también. Vete- con su dedo, señaló a una ventana rota que había a nuestras espaldas.
-¿Qué?- pregunté con la voz más baja que mis cuerdas vocales me permitieron
-Alguien tiene que poner a salvo lo que es nuestro. Yo me quedaré aquí. Tengo que ayudarles-
-Pero... ¿Y yo?-
-Tú corre ¿De acuerdo? Te buscaré-
-Pe...pero ¿Y si no puedo?-
-Rose, por lo que más quieras, no es momento de dudar y hacerse preguntas. Coge nuestras cosas y vete. Te buscaré- repitió. Con la barbilla encogida, asentí. En otras circunstancias, le hubiese besado o dado un abrazo antes de separarnos, pero aquel no era el momento. Cargando su mochila en el hombro libre, me separé de Adam.

Salí por la ventana, aferrándome al marco de la misma dejándome las uñas con el esfuerzo. Intentando mantener la calma, estudié la situación. Estaba a unos seis metros del suelo y contaba con algunos salientes de ladrillos provocados por el propio derrumbe de la casa sobre los que podría avanzar. No estaba todo perdido. Me moví con cautela, intentando hacer el menor ruido posible. De mientras, oía como el grupo discutía con aquel grupo de saqueadores, disputándose entre insultos y amenazas como transcurriría aquel saqueo. Y de repente, un disparo. Ensordecedor, enorme. En mis manos sentí como las paredes de la casa vibraron. Me quedé helada. Ese arma... ese arma no era nuestra. Los gritos desde el interior anunciaron que algo no había salido bien. ¡¿A quien habían disparado?! ¡¿Adam?! Me puse demasiado nerviosa, y finalmente, caí contra el frío suelo de lado. Oí un crack interior seguido de un intenso y agudo dolor, pero nada más. No se oían gritos, ni quejas. La luz de las linternas rodear la fachada de la casa me indicaron que me habían oído caer, y por ello, casi sin pensar, me puse en pie tras agarrar como pude las mochilas y salí corriendo, asustada, horrorizada, con los ojos llenos de lágrimas. Nos habíamos refugiado en una casa perteneciente a una urbanización construida entre dos poblaciones y prácticamente, en mitad de una arboleda pobre y desprovista de lugares donde esconderse. Por ello, no conté con recursos y escondites que me permitiesen no alejarme demasiado. Solo pude correr, correr, correr y correr hasta que las luces de las linternas dejaron de adelantarme el camino y los gritos que dejé atrás ya estaban mudos.

Estaba sola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario