Rose
No pude evitar sonreír durante el camino de vuelta al ultimo asentamiento en el que pasamos la noche. Clark me acompañaba en silencio junto a Juvia. No decía nada a penas, manteniéndose alerta e impidiendo que aminorase el buen paso que llevábamos, simplemente. Yo le gustaba ¿Verdad? Al menos debía resultarle bonita. No era la primera vez que un hombre se ofrecía ayudarme para conseguir intimar conmigo. De hecho, muchos supervivientes se dedicaban a ello casi sin darse cuenta, por pura necesidad humana y atracción. Adam, fue el último de todos que probó a se amable y protector conmigo, solo que él consiguió verdaderamente intimar conmigo. El hecho de que Clark ahora lo hiciera me hacía gracia. Pensé desde hacía un par de años que debía haber empeorado mucho físicamente y que no podría resultar ya atractiva a nadie. Quizá me estaba equivocando.
El hombre debió darse cuenta de mi ensimismamiento, pues preguntó si me ocurría algo. Mentiría si dijese que no me cogió desprevenida y que no sentí un ligero calor en la cara ante la avergonzante posibilidad de que pudiese leerme el pensamiento en ese mismo instante. De hecho, podría haberlo hecho si fuese un brujo, pero no lo era. No tenía las pintas que los brujos tenían. -No, no es nada- sonreí, fingiendo que decía la verdad. Me recoloqué las dos mochilas que portaba lo mejor que pude. Sentí un ligero resentimiento en el hombro al hacerlo, pero nada que ver con el dolor que sentí la noche anterior. No se como Clark lo hizo, pero me había dejado el brazo tal y como lo tenía antes de caerme. ¿A caso sabía como reparar y recolocar huesos? ¿Sabía sanar? En caso afirmativo, sería la primera persona así con la que me topaba en años. Normalmente, los sanadores vivían en las ciudades y no en los asentamientos o en mitad del camino. Cobraban a un alto precio su servicios... pero no era para menos. Una consulta con ellos podía barrer la posibilidad de tener poco tiempo de vida en muchas personas, dada la radiación. Le hubiese preguntando si él era un sanador, pero no tenía las suficientes confianzas con él. Quizá pensaría que quería aprovecharme más de su buena voluntad, así que decidí guardar silencio, hasta que Clark lo rompió. Le parecía que dos mochilas eran demasiado equipaje para una sola persona. -Solo una es mía. La otra tiene las cosas de Adam.- contesté. No quería entrar en detalles y decirle que la mochila de Adam contenía bastante munición y cuatro latas de conservas considerablemente grandes, además de unas vendas limpias y cerillas. Era una mochila demasiado tentadora. -Llevo aquí sus cosas, por eso es a quien más necesito encontrar- mentí. Su mochila también parecía bastante grande. Mirarla me hacía sentir incómoda. No quería que pensase que iba a ser capaz de robársela, porque no lo era. En eso, también era una inútil. -Tienes hambre ¿Verdad?- pregunté, deteniendo el paso. Clark abrió los ojos con curiosidad cuando me descolgué del hombro mi mochila, para abrirla y sacar una lata de alubias. Eran mías. No se me ocurriría compartir las de Adam, sobretodo porque sabía que reaccionaría mal. -¿Puedes abrirla? A mi me suele costar- pregunté al cedérsela. Al hombre le costó cogerla, incrédulo de que fuese capaz de compartir comida. -Tu me has ayudado mucho más a mi que yo dándote la mitad de mi lata. Quiero ser justa contigo- admití. Pareció que él se quedó bastante conforme, pues asintió y abrió la lata a los pocos segundos con un ágil movimiento de manos. Me quedé estupefacta. En sus manos parecía sencillo abrir una lata con una anilla adosada desde hacía más de veinte años. ¿Cuanta fuerza tenía ese hombre? Era difícil adivinar su musculatura por encima de tanta ropa.
Nos sentamos detrás de un poste comercial que había a un lado de la carretera. No nos aportaba nada, excepto un duro respaldo en el que dejarnos caer mientras nos comíamos aquellas alubias insípidas de la misma forma que beberíamos una lata con líquido potable dentro, a sorbos. Una vez más, sentí esa ligera incomodidad mientras nos pasábamos la lata por turnos, el silencio sepulcral. No podía decir que estaba desagradecida, pero prefería que fuese Adam el que estuviese a mi lado, alguien a quien quería y con quien tenía suficiente confianza.
-Auh- gruñí de repente. Me miré el dorso de la mano al sentir un ligero escozor sobre la misma. Miré a Clark al instante, casi acusándole de que había sido él quien me había provocado aquella sensación. Sin embargo, en su mirada encontré la incertidumbre, y luego, se llevó la mano a la nuca como si fuese a matar un bicho posado sobre ella. -Oh no...- Me permití mirar al cielo un segundo para comprobar que la espesa capa de polución grisácea se estaba oscureciendo. -Mierda. Corre ¡Corre!- No hizo falta decir nada. Cualquiera que siguiera vivo sabía lo que una lluvia podía provocar. La lata de alubias se quedó a casi acabar arrojada en el suelo mientras ambos ya corríamos en busca de un techo sobre el que cobijarnos. Yo, por mi parte, me puse la capucha del abrigo. Clark hizo lo mismo. Sin embargo, para Juvia no era tan fácil resguardarse. En mitad de la carrera, el animal comenzó a lloriquear, y eso desesperó a Clark. -Mierda, mierda mierda...-
La ligera llovizna se intensificó. Las gotas de agua tenían tal volumen, que ya las podíamos sentir calando y abriendo pequeños orificios sobre las prendas, que poco tardarían en llegar hasta la piel y abrasarla. Juvia comenzó a llorar aun más. Y entonces, lo vimos. En la lejanía, una gasolinera. La recordaba. Habíamos pasado por allí después de salir del asentamiento y la curioseamos por si guardaba algo de valor. Por supuesto, en aquel momento no encontramos nada y la tachamos como una auténtica porquería de lugar. Ahora, se contemplaba ante mis ojos como el lugar más valioso de ese momento por tener un techo firme.
Ya estábamos a punto de llegar cuando sentí una gota sobre la mandíbula que me dejó una quemadura abrasadora sobre la zona. Al entrar, nos quitamos los abrigos rápidamente y comenzamos a sacudirlos para quitar todo el agua posible. Íbamos a pasar un frío horrible e insoportable hasta que dejase de llover sin poder abrigarnos en ellos, sí. Pero al menos, la lluvia contaminada no nos quemaría la piel. -¡Joder! gruñí de puro coraje cuando ya no pude hacer más por mi abrigo. Ahora estaba roto. Seguiría sirviéndome, pero me daría menos calor. Lo arrojé al suelo con desaprobación para luego comprobar la situación.
El abrigo de Clark había acabado en mejores condiciones puesto que la tela era más impermeable que la mía. Juvia se lamía las pequeñas heridas y parecía estar bien a pesar de todo. Lo único malo, es que la lluvia arreciaba con fuerza. De lejos, pude empezar a oír el sonido de una tormenta amenazante. -Estamos atrapados aquí... Joder- pataleé. -No se como voy a encontrar a los demás si a cada paso que damos nos encontramos con un problema nuevo- bufé -Y si se avecina una tormenta... hasta la noche no va a cesar- Y por supuesto, la noche no iba a ser buen momento para salir. Principalmente porque los mayores peligros acechaban en la oscuridad, y segundo, porque el ambiente debía secarse si no queríamos seguir abrasándonos, pero eso me lo callé. No hacía falta decirlo. Clark lo sabía. Estábamos atrapados hasta el día siguiente.
Frustrada, me senté sobre el suelo, dejé las mochilas a mi lado y me solté el pelo para que se secase mejor. No dije nada. No quería hablar. Estaba teniendo demasiados problemas ya.
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