jueves, 28 de diciembre de 2017

Adam

Malditos. Todos ellos. Desde el primero hasta el último. Ese era el único pensamiento que llenaba mi mente mientras caminaba pesadamente en la oscura noche, sólo acompañado por el silencio y la nieve que como siempre caía incesante. Los copos se enredaban en mi pelo y amontonaban en mis hombros a cada paso que daba. De vez en cuando se me atoraba la pierna en un engañoso montón níveo más profundo de lo que esperaba en un primer momento. Debía ejercer una gran fuerza para desenterrar el pie de las profundidades blancas, lo cual me ofuscaba aún más. No me había alejado en exceso de la casa, pero el retorno se me estaba haciendo eterno. Arnold, Lin, Nate... ¿Qué habría sido de ellos? ¿Y dónde estaba Rose? -Joder... ¡Me cago en Dios!- vociferé, a sabiendas de que no debí haberlo hecho. Me arrepentí al instante. Esgrimí la pistola por si acaso, preparada en la mano, mientras me acercaba a la aún humeante casa. Le habían prendido fuego. Estaba negra en partes y aún algo de humo emanaba de las paredes destrozadas. El frío y la nieve había impedido que se quemara hasta los cimientos pero... ya era completamente inútil. Adentrarme en los pasillos desnudos de esa ruinosa estancia a la que realmente ya no se podía llamar casa me hacía revivir de nuevo los momentos de unas horas anteriores. Del cómo resonó un disparo tan poderoso como un trueno que rompió mi espíritu de lucha en pedazos. De cómo hice ruido, de cómo intentaron darme caza abriendo fuego contra mí cuando salí corriendo. Aún oía el zumbido de aquella bala pasando junto a mi cabeza. De vez en cuando el dolor punzante en el tímpano me regresaba. Faltó tan poco, tan, tan poco para que hubiese caido muerto con la cabeza reventada en el suelo... Golpeé la pared de pura rabia, más aún cuando llegué a lo que era el salón. Allí estaba, Omar, el desdichado. Sus ojos estaban tan abiertos como físicamente podía, al igual que la boca se mostraba ligeramente sorprendida, con un amplio río de sangre, ya seca, brotándole de los labios. Tenía algo de nieve por encima, que le caía por culpa de los destrozos del fuego, que habían demolido parte del techo y lo habían dejado al descubierto. Ello no ocultó por desgracia la enorme herida que tenía en el pecho, que casi permitía ver su esternón y parte de una costilla, así como el amasijo de carne sangrienta que era ahora su pulmón y seguramente el corazón. La monstruosa Magnum de aquel tipo, del líder de esos saqueadores... ¿De dónde diablos habría conseguido algo así? Las armas con las que me dispararon en mi huida tampoco eran precisamente de mala calidad. No era muy difícil hacerse con una pistola, con un rifle de caza, un arco o incluso con un subfusil de cadencia media tan oxidado que cada disparo sonaba como una lata aplastada y que se encasquillaba fácilmente... pero no, ellos tenían rifles de asalto que causaban pavor a cada bala que trataba de morderme la piel. Armamento pulido, puntero antes de la catástrofe ¿Cómo? ¿Y por qué? Negué con la cabeza, la zarandeé para quitarme esas preguntas estúpidas de la cabeza. No tenía sentido indagar, querer descubrir lo que no podía, al menos en aquel lugar. Supe antes de huir que pretendían llevarse a los chicos para sabía Dios qué, pero al menos estaba seguro de que Rose huyó a tiempo. Quizá trataría de volver a darnos el encuentro, a buscarme, como yo pretendía buscarla a ella. No obstante esperarla en ese lugar era peligroso para ambos. Desenfundé un cuchillo militar que conseguí hacía ya algún tiempo. Ese que a Rose tanto le desagradaba con sólo imaginar lo desagradable que sería ver cómo se lo clavaba a una persona, la posibilidad de destripar a un humano con tan sólo un tajo o una estocada. Sabiendo que encontraría a Omar, decidí escribirle con el cuchillo en la pared un mensaje. Tardé unos largos minutos en tallarlo con el tamaño suficiente, pero quedó bien claro: "Nos encontraremos en el asentamiento Chatarra Wylon". Ella debía recordarlo. Hacía unos días que pasamos por allí y nos permitieron pasar la noche. Buenas personas, pero incapaces de entender que poco tiempo sobrevivirían. Suspiré. Guardé el cuchillo y de nuevo preparé la pistola y me dispuse a volver a aquel asentamiento. Allí podría esperarla. Allí volveríamos a estar juntos.

Clark

Juvia me despertó con un húmedo y cálido lametón en la cara. Al menos el primero me despertó, los siguientes sólo me ayudaron a espabilar -Agh, por el amor de...- me la aparté con cuidado de encima -Juvia...- mascullé somnoliento, limpiándome la cara. El animal me miraba divertida ladeando ligeramente la cabeza -Espera... ¿Qué hora es?- miré el viejo reloj que llevaba encima para ver que hacía ya varias horas que había "amanecido". El cielo era gris oscuro en lugar de negro ¿Cuanto tiempo llevaríamos durmiendo? -Rose. Rose, eh- la zarandeé con cuidado. Se había acomodado irremediablemente en el asiento trasero del coche -Rose, despierta- por fin conseguí que abriese los ojos para verla dar un salto inesperado. Se rebulló nerviosa, seguramente sin recordar al despertar dónde se encontraba -Eh, eh, tranquila. Soy yo- me miró como quien mira a un maniquí que de pronto ha aprendido a hablar, pero me reconoció a los pocos segundos. Suspiró pesadamente -Sí, nos hemos dormido... Al parecer ambos necesitabamos un descanso- me encogí de hombros -Aunque eso no quita que hemos sido enormemente descuidados. Dormirnos en un viejo coche... Idiota, Clark- acabé musitando para mí mismo. Ella quiso saber por qué ¿Qué diferencia había entre una casa o un edificio y un coche? Sin moverse demasiado, los Aulladores no nos habrían visto de igual forma -No se trata de los Aulladores- dije, abriendo la puerta y saliendo con cuidado. Le hice señas para que saliese también -No sé qué clase de cosas habrás visto en estos años, pero si sólo has encontrado Aulladores, eres afortunada- me miró con cierta curiosidad, pero pronto le llamó el recuerdo. Me apremió a que aprovechásemos que todo estaba despejado para adelantarnos velozmente hacia la casa donde estaban los demás y yo simplemente asentí. Me armé con el rifle, lo preparé para abrir fuego y emprendimos el viaje a paso ligero, sin perder demasiado tiempo.

Hablamos poco durante el trayecto, pues no era demasiado largo. Menos aún cuando ambos podiamos diviar una muy fina columna de humo negro alzándose hacia el cielo. Tuve un mal presentimiento y sospeché que no era el único. La chica aminoró la marcha y empezó a clamar "no" al aire -Tranquila, no tienen por qué ser ellos- ella me miró con ojos acuosos y acto seguido echó a correr -¡Espera!- la seguí, pero la desesperación la llevó a ser veloz. En cuanto la vi a los pocos minutos frente a una casa ennegrecida por un fuego que hacía poco se había apagado, temí lo peor por ella. Me acerqué para serle de ligero apoyo moral para entrar -Quizá no estuviesen dentro- quise animarla, pero ella no dijo palabra. Se adentró por los destrozados pasillos hasta, finalmente, alcanzar el salón. Allí soltó un doloroso alarido que se transformó en lamento, llevándose las manos a la boca -¿¡Qué ocurre!?- alcancé a decir cuando llegué, tras ella, temiendo que fuese un peligro. Por instinto la chica se giró y se apretó contra mi brazo por un instante, queriendo no ver al hombre que yacía ahí, muerto y con el pecho destrozado. No lloraba, ni sollozaba. Simplemente estaba impactada y visiblemente repugnada por el espectáculo cruel que se había llevado a cabo con un antiguo compañero -¿Lo conocías?- la chica asintió, apartándose de mí enseguida y acercándose despacio al cadáver con la mano aún en la boca. Dijo que se llamaba Omar -Omar, eh...- negué con la cabeza -Lo siento, amigo- dije como despedida respetuosa a una vida más perdida -Los demás no tienen pinta de estar aquí- ella estaba de acuerdo -¿Y esto?- me llamó la atención una enorme inscripción en la pared, tallada en la madera con una hoja afilada. La chica lo leyó y automáticamente pareció volver en sí. Decía que eso lo había escrito un tal Adam -¿Adam? ¿Es alguie de tu grupo, no?- ella asintió -¿Y dónde está ese asentamiento? No me suena- la chica contó cómo habían pasado por esa zona hacía menos de una semana. Habría, recordando el recorrido directo, unos dos días hasta llegar allí, a paso ligero -Está lejos, eh- reflexioné, torciendo una sonrisilla. La chica asintió, pero debía ir. Era su grupo. Alegó estar muy agradecida por la ayuda que le había prestado -¿Te estás despidiendo?- la miré con aire divertido. Ella lo confirmó ¿No estaba claro? Ya tenía la respuesta que buscaba y quería reunirse con los suyos -Claro que está claro, Rose. Pero, perdóname si te parezco metomentodo y descarado, pero quiero acompañarte- Rose arqueó una ceja -No tienes que sospechar de mí. Es sólo buena voluntad- visiblemente animada por comprobar que al menos ese Adam y posiblemente los demás seguían con vida y tenían un punto donde reunirse, recuperó un tanto la sonrisa para decir medio en broma (o al menos esperé que fuera medio en broma) que resultaba sospechoso tanta amabilidad -Sospecha de mí, por favor, pero nunca de Juvia- la pastor alemán soltó un ladrido jovial -Es peligroso, ya lo sabes. Viajar solo nunca es recomendable, es prácticamente una muerte segura. Juvia es mi compañera por lo mismo. Ni siquiera yo me atrevo a surcar los páramos en total soledad- Rose lo sopesó bastante poco tiempo. Aceptó de inmediato mi ayuda, cosa que me alegró -Bueno, en ese caso será un placer ayudarte a llegar con los tuyos. Pero lidera el camino, ya que sabes hacia dónde ir- la chica se volvió hacia Omar antes de echar a andar -Sé lo que piensas- suspiré -Pero enterrarle es una pérdida de tiempo y energía que podemos aprovechar para avanzar. Es triste, pero es pasto de Aulladores. Incluso enterrado... lo sacarán de la tierra y lo devorarán igualmente- la chica suspiró. Dijo saberlo ya. Imaginé por esas palabras que no era el primero al que perdían... Pues claro ¿Quién, en este mundo, era ajeno a la muerte de un compañero o ser querido? Yo luchaba cada día por no reconocer ese sentimiento. Por proteger a mi única compañera. Y tenía la sensación de que aun siendo un perro, Juvia pretendia lo mismo. Hasta el ser más inocente temía a la soledad absoluta en el lugar que se nos había legado para vivir -¿Nos ponemos en marcha?- la chica asintió. Por fin podíamos avanzar. Esperaba poder ayudar a la chica a encontrarse con los suyos sin mayores problemas...

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