Adam
De entre tantas cosas que un hombre puede soportar, a veces, la que más difícil se hacía de sobrellevar era ver a los tuyos caer. La noche como de costumbre era helada, gélida, calaba los huesos. El ambiente estaba embadurnado de niebla y el olor... el olor siempre era repugnante. El fuego crepitaba con fuerza, al menos eso sí lo habíamos logrado. Eramos un grupo notablemente pequeño en ese instante... más de lo que debíamos. De 15 personas habíamos descendido a la irrisoria cifra de 6. Angustiante. Alan, Moira, Jackson... todos habían caido por el camino, presa del hambre, la enfermedad, la asfixia. El mundo se fue a la mierda hacía ya más de 20 años... y pocos quedabamos vivos que recordáramos apenas un ápice de cómo era antes. Incluso olvidamos los nombres de los lugares en los que estábamos. Ya no sabiamos qué clase de tierra habitábamos, ni los restos de qué ciudad. Nos importaba el presente, sólo y únicamente el presente. Aunque a mí, a veces, me tentaba la idea de pensar en un futuro. Rose, mi chica, me sacó de mi ensimismamiento en ese momento apegándose a mí en busca de calor. La rodeé con el brazo izquierdo para hacerle hueco bajo mi costado. Era bastante más alto que ella, más ancho, más fuerte. Debía protegerla, era mi cometido -¿Estás bien?- la chica asintió, tiritando. Sentía casi la frialdad de su piel a través de las pesadas capas de ropa que llevábamos encima
-Esto no pinta bien, Adam- masculló Arnold, con su quebradiza piel oscura acercando las manos al fuego -Las noches se complican, cada día más. Ni siquiera estamos ligeramente cálidos en las ruinas de una casucha como esta- tenía razón y eso me dolía. Miré a mi alrededor. Antaño debió de ser un hogar acogedor. Ahora tenía surcos y grietas por doquier. Estanterías rotas. Sofás, sillas, viejos retazos de lo que en su momento pudo haber sido un televisor. Desvanecido. Recuerdos y fantasmas era cuanto pululaban por esas esquinas. Ni siquiera quedaban ratas, o lo que antes conocíamos como ratas, para merodear por sus siniestros rincones
-Sobreviviremos- dije, sin más, con la vista clavada en el fuego hasta el punto de secarmelos
-No lo creo, amigo mío, no lo creo- Arnold apenas tenía la misma edad que yo y parecía mucho más mayor. El castigo del tiempo, del ambiente, de la vida que había llevado hasta encontrarle hacía casi un mes... -Estamos perdidos. La humanidad está perdida. Los que seguimos luchando sólo perdemos el tiempo. Más valdría cargar las pistolas y pegarnos un tiro en los sesos. Mostrar algo de piedad con nosotros mismos- sus palabras comenzaron a calar, con su enorme y cargante pesimismo, las almas de los demás. Eramos como dije, seis. Seis pobres diablos que deambulábamos de aquí para allá, buscando un hogar, un asentamiento que entre todos consideráramos definitivo, que consideráramos seguro. Y siempre, siempre, había alguna pega. Siempre alguno estaba en desacuerdo y esos desacuerdos sólo nos llevaban a vagar aún más sin rumbo, a perdernos en sombríos parajes, como en esa precisa situación... Apreté los puños en silencio
-A veces creo que Arnold tiene razón- masculló la joven Lin, una asiática casi de la misma edad que Rose -¿Y si es el fin, de todas formas? ¿Por qué luchar, Adam?-
-¿Podemos hablar de otra cosa?- dije, tratando de calmar los ánimos. Los míos, concretamente
-De nada sirve, Lin... Adam no escuchará por nuestro porvenir-
-¿¡Que no escucho!?- bramé, harto, cansado, consternado por oir lamentos casi a diario. Sentí la mano de Rose tratando de retener mi arrebato, pero de nada sirvió. Me puse en pie, frente a la hoguera -¿¡Qué es lo que queréis, panda de desagradecidos!?- rugí como un león -Camino, busco, ayudo, rescato. Os arrastro tirando con todas mis fuerzas ¿Para qué? ¿Para oiros lloriquear? Se supone que somos un grupo ¡Un equipo!- señalé a cada uno -Y no estaría de más aunque fuese por una vez que mostrataseis algo de valor y determinación, algo de decisión para moveros por vosotros mismos y alzar las manos contra cualquier peligro que se acerque, contra cualquier mal que pueda asolarnos, incluyendo el hambre y la radiación ¡Dejad de llorar y poneos en pie malditos seais todos y cada uno!- incluso pisé el suelo con fuerza. Estaba furioso. No podía evitarlo. Llevaba días aguantandome el no explotar... y mi naturaleza me pedía a gritos desfogarme. Sin embargo lo único que logré, como de costumbre, era que todas las miradas bajasen hasta el suelo. Lin comenzó a llorar y Arnold la abrazó para consolarla. Nate se mantuvo de nuevo al margen, abrazado a su chico, Omar, de raza extranjera. Todos eramos cuanto menos jóvenes. Arnold y yo eramos los únicos que podiamos recordar un ápice de lo que era el Antes. Y eso es lo que le volvía tan terriblemente negativo. Añoraba el cielo azul. Añoraba los rayos del sol antes de que nos derritiesen la piel y nos la arrancase a tiras. Ahora todo era gris. En ocasiones verdoso o negro. La Tierra ahora debería llamarse Oscuridad
-No nos sirve de nada que grites, Adam- dijo precisamente Omar, dejándose abrazar por su chico -En absoluto. No nos da de comer, ni nos hace perder el frío. No nos da ánimos para seguir adelante...-
-No pretendo gritaros. Maldita sea, no quiero enfadarme, jamás lo pretendo ¿Pero imaginais acaso lo que cuesta liderar un grupo de personas que no se dejan ayudar?- en ese preciso instante oí a Arnold soltar un suspiro que casi era una risilla -¿Tienes algo que decir?-
-Que hablas de liderar como si hubieses sido elegido por todos y cada uno de nosotros. Nadie te ha pedido que seas nuestra niñera. Nadie te ha pedido en resumen que seas nuestro jefe- pude sentir la mirada de Rose recorriendo el terreno hasta mí
-¿Entonces por qué me seguís?- pregunté, sin más -Si no me consideráis un líder ¿Cual es la razón por la que venís conmigo?-
-No lo entiendes ¿no?- gimió Arnold -No te seguimos a ti Adam. Vamos juntos. Somos un grupo. No dependemos de ti, sino de todos nosotros a la vez-
-Arnold tiene razón- se decidió a decir Nate -No seguimos el camino por ti. Sino por nosotros mismos. Por el bienestar de todos-
-Ese es precisamente el problema. Uno de tantos- terció Omar -Crees que eres el líder, que te debemos devoción y pleitesía. Que recibimos tus órdenes como si fueras un general de un pequeño ejercito. Deberías dejar de preocuparte tanto por si te obedecemos, si te seguimos o no... y simplemente dedicarte a pensar en cómo sobrevivirás a hoy y mañana. En como sobrevivirá tu pareja. En como sobreviviremos todos-
-Esto es inaudito- gruñí -¿Creeis que no lo hago? ¿Que sólo me preocupo porque parezcais un ejército?-
-Es lo que parece. Si hasta te diriges a nosotros gesticulando como todo un militar- terció de nuevo Arnold. Estaba aumentando su caracter hacia mí conforme pasaban los días y directamente, en ese momento, se estaba sublevando
-Vigila tu tono, Arnold-
-¿O qué, "señor"? ¿Vas a destituirme? ¿A bajarme el rango?- se puso en pie, enfrentándome -¿Vas a mandarme a pelar patatas a algún barracón? Ah, no, espera ¡No hay barracones, ni tengo rango que degradarme ni del que destituirme! ¡Espera, hay más! Ni siquiera eres un "señor" al que obedecer, sino un tipo con conocimientos útiles para permanecer en un grupo y que se considera lo bastante importante como para pensarse a sí mismo como el jefazo, el puto amo, al que hay que seguir o todos nos moriremos de hambre, porque esa es otra y es lo más importante de todo cuanto he dicho, Adam- se acercó a mí y me miró directo a los ojos -Tampoco hay patatas- tragué saliva -Así que deja de pegar voces y tratemos de dormir, o lo que coño sea que podamos hacer. No des ni una sola voz más-
-¿Es una orden?- cuestioné, altivo. Arnold suspiró pesadamente
-Es una sugerencia. Pero tú, que tanto adoras la milicia, tómatelo como te salga de los cojones- concluyó hostil, volviendo a abrazar a Lin, que seguía sollozando. Rose me volvió a tomar del brazo y me invitó a que nos recogiésemos junto al fuego, pero la obligué a soltarme y salí al exterior de la casa. Sonaba paradójico, pero necesitaba respirar.
Fuera el mundo se veía de otra forma. Sólo bastaba con dejar la ligera seguridad que te proporcionaba una casa medio destrozada. Más allá de sus ladrillos casi desnudos, el mundo era una completa pesadilla. El terror estaba en cada esquina, porque no sabías que podías encontrar. Quizá algún bandido, tal vez un loco o peor: un brujo. Unos seres de tantos que se rumoreaban en los últimos años. Gente extraordinaria, como extraordinariamente locos que estaban. Aquellos que decían haber visto mundo tras la debacle clamaban su existencia, como de otras muchas monstruosidades ocultas en las sombras. Pero eran los brujos y las brujas, aquellos seres de cuentos, folclore y mitología, los que se decían habían hecho acto de aparición. Gente que no atendía a razones, que no seguían la lógica de este nuevo mundo. Gente con habilidades, con poderes, con dotes mentales que podían destrozarte la vida en un instante ¿Realmente esperaban esos que estaban dentro de la seguridad de cuatro paredes maltrechas, poder sobrevivir sin una visión diligente? ¿Sin una mente capaz, sin un corazón bravo dispuesto a hacer sacrificios...? El bien común era mi objetivo y sin embargo ellos no parecían entenderlo. O no lo querían entender... pero era la única salida.
Clark
-Juvia- llamé -¿Dónde estás?- a los pocos segundos oí su ladrido. Bufé. Me adentré entre recobecos de piedras filosas por poder seguirla. Maldita sea, dichosa perra traviesa brabucona. Llevaba largos minutos dentro de aquel edificio abandonado y poca señal de vida daba más allá de un ladrido escueto. Encendí la linterna que llevaba incorporado el rifle de asalto y avanzaba con cuidado. La oía jadear. Empezó a ladrar. Me oía, me olía. Me estaba llamando -Ya voy chica, ya voy- dije, mirando bien dónde pisaba y dónde me adentraba. Los copos de nieve se filtraban a través de grietas por todas partes, llenando el suelo de un blanco casi cegador a la luz de la linterna táctica. En uno de mis pasos oí un pesado crujido. Al apartar la bota, revelé la angustiosa visión de un craneo humano diminuto demolido bajo mi bota. Un niño pequeño, apenas un bebé seguramente. Se me partió el alma con sólo pensarlo. Me empezó a doler la cabeza y un zumbido molesto me perforó los oidos. Juvia comenzó a ladrar de forma desesperada -¡Ya voy, ya voy! Agh... Ya voy...- traté de calmarme, de no pensar. Esos dolores de cabeza me sacudían cada vez que algún recuerdo borroso de un mundo en calma y en paz, en comparación con el actual, se me venía a la mente. Un bloqueo me llegaron a decir. Un trauma, decían otros. Cuantas opciones para una sola respuesta válida...
Proseguí el camino hasta alcanzar a mi compañera. Agitaba su cola con entusiasmo al verme. Ladró un par de veces y señaló con el hocico hacia un montón de nieve -¿Aquí, chica? Vamos a ver...- con cuidado me puse a cavar en el gran cúmulo níveo hasta que por fin pude ver unas viejas ropas militares, desgastadas, hechas jirones, con un chaleco táctico con cartuchos de munición. Pólvora. Eso era lo que mi preciada Juvia había olido -Oh, fantástico. Extremadamente fantástico- la acaricié con entusiasmo -Así me gusta, pequeña. Buena chica. Te has ganado una buena cena hoy- munición. Escasa y preciada munición. Llevar un par de cargadores más para el rifle y algunas balas sueltas de pistola o cartuchos de escopeta, aunque no tuviese ninguna, siempre resultarían convenientes -Apuesto a que quizá algún comerciante nos dará algo interesante que llevarnos al buche por esto ¿Qué opinas tú, eh?- pensé que ladraría entusiasmada, pero gruñó. Gruñó hacia el exterior en tono bajo, agazapándose en la nieve -¿Qué pasa, chica?- entonces lo oí. Me acerqué despacio hacia una ventana rota por la que se colaba la pesada nieve y me asomé con recelo. Mi gorro de lana negro en la cabeza me ayudaría a confundirme con la penumbra del edificio destruido, a salvo de los ojos confiados de aquel escuadrón que deambulaba dando patadas a cada viejo contenedor o restos de vehículos buscando algo interesante. Era un grupo organizado, estaba claro. En las chaquetas llevaban un escudo tejido a mano que no había visto antes. Un emblema de una antorcha roja bordada sobre un parche negro. El palo de la antorcha se convertía a su vez en una serpiente que se enrollaba en el propio palo y parecía sisearle a la llama que despuntaba rojiza y esperanzadora. No supe muy bien cómo tomarme aquel símbolo desconocido. Entonces les oí hablar.
-Allí hay humo- dijo uno, con un rifle francotirador en unas condiciones dudosas. La mira telescópica al menos funcionaba bien
-¿Estás seguro?- dijo el que parecía el lider, con una pistola de calibre .50 en la mano. Ese monstruo de arma era casi tan grande como su mano y parte del antebrazo. Un disparo cercano de esa cosa reventaría literalmente la caja torácica de cualquier ser vivo. El soldado le tendió el rifle y éste observó detenidamente. Se empezó a reir como quien ha oido una historia divertida -¡Coño, si es cierto!- le devolvió el rifle a su secuaz -Hay que ser imbécil- se repeinó los cabellos hacia atrás, apartándose la nieve amontonada. La barba mal afeitada le daba un aspecto andrajoso, pero los uniformes que lucían no estaban precisamente en mal estado. Eran peligrosos. Sin duda, tenían alguna clase de poder en algún lugar no muy lejano que les permitía lucir ropas decentes, aunque fuesen atuendos militares. El jefe se subió una braga que llevaba en el cuello hasta taparse medio rostro y después unas gafas para la nieve que llevaba colgando del cuello -Vamos allá entonces... Divirtámonos un poco. Ah... y no hace falta que hagáis prisioneros si no lo consideráis oportuno. Estoy en uno de esos días del mes en los que sólo veo sangre por todas partes- se mofó haciendo una broma sobre las mujeres demasiado obvia, demasiado sosa, sin gracia, pero él parecía animarse a sí mismo -¡Moved el culo! ¡Hacedme sentir que valéis para algo!- ordenó. Permanecí en las sombras viéndolos marchar. Sean quienes sean a los que iban a atacar, parecían estar en serios problemas... ¿Pero qué podía hacer yo sólo contra 20 hombres? Ojalá pudieran perdonarme...
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