miércoles, 27 de diciembre de 2017

Clark

Cuando la encontré, estaba cubierta de nieve. Llevaba largo rato siguiéndole los pasos desde que en la lejanía, tras el caos que aquel grupo de personas ocasionó en la urbanización colindante donde los vi por primera vez. Pude contemplar su oscura figurilla aventurándose torpemente en la penumbra, entre árboles y nieve, a lugares inciertos. Me pregunté si sabía a dónde iba, si tenía alguna base, algún campamento, algún lugar al que regresar en caso de emergencia como aquella. Me serví de Juvia para seguirla a distancia prudencial y sin embargo lo único que pude percibir desde lejos era su inquietud. Cuando se percató de su soledad no hacía más que mirar hacia todas direcciones, respiraba agitada. Se aferraba a algún árbol o piedra en busca de un mínimo apoyo para poder pensar con frialdad. Y el brazo. Le dolía el brazo. Se lo sostenía constantemente y cuando no lo hacía le colgaba ligeramente rígido al lado del costado. Necesitaba ayuda y no parecía precisamente peligrosa. Juvia parecía percatarse de ello también, pues agitaba su cola con cierto ánimo mientras la contemplaba. A ratos me miraba moviendo sus orejillas, soltaba un sollozo leve para luego volver a mirarla. Mi buena y dulce compañera, siempre tan compasiva y protectora. A mí no me daba mala espina, pero el mundo en el que viviamos no era precisamente el idoneo para ir saludando al vecino cuando te lo cruzabas por la calle. La supervivencia del individuo era la clave principal para ver un nuevo amanecer, si es que se le podía llamar amanecer a la llegada del "día" que sólo se diferenciaba de la noche porque el cielo era gris en lugar de negro, ya que la luz del sol poco o nada atravesaba las pesadas capas de nube de polución y radiación, y dado el caso, casi que era mejor. Había visto a gente quemada por un tenue rayo de sol que alguna vez encontraba hueco entre las murallas nubosas. Había visto la piel abrirse como si fuese una fina lámina de plástico expuesto sobre una cerilla o un mechero. Había oido los gritos y había visto morir a esas personas porque ningún medio de los que quedaban en esos días aciagos era suficiente para tratar semejantes heridas. Y ahí estaba ella. Sola, en mitad de la oscuridad nevada, a punto de hiperventilar. Tenía miedo y su miedo, su respiración agitada, los atraería. A las sombras y los monstruos que antes eran animales comunes y corrientes. Tenía que ayudarla, estaba decidido. Me levanté de la nieve en la que me agazapaba para estar fuera de su vista y con el rifle preparado en caso de necesitar abrir fuego comencé a acercarme. Juvia iba tras de mí, como le había enseñado, para protegerla -Eh- la llamé y acto seguido se giró hacia mí con la velocidad del rayo, esgrimiendo un revólver -Tranquila- dije veloz, alzando una mano y apartando el cañón del rifle de su trayectoria -No soy el enemigo- ella no me hizo caso y me siguió apuntando. Le temblaba la mano. Mucho. Hubiese necesitado las dos seguramente para apuntar con precisión y su brazo herido no se lo permitía -Te estado observando. Has estado huyendo. Asaltaron una urbanización en la que estabas ¿No es así?- pregunté con cautela. La chica me miraba con dudas, pero con los labios fruncidos. Cargó el martillo del revólver cuando di un paso hacia ella. Me aconsejó asustada y enfadada que no diera un paso más y que me marchase por donde había venido -Me llamo Clark- dije, tratando de establecer una pequeña conexión -¿Tú tienes nombre?- no me lo dijo -Esta es Juvia- la perra lanzó un ladrido amable. La chica apuntó también al animal, desconfiada -Estás herida. El brazo- señalé -Puedo ayudarte. Quisiera ayudarte- ella negó con la cabeza ¿Ayudarla? ¿Qué clase de desconocido ayudaba así porque sí? Querría aprovecharme de ella o robarle. O ambas cosas -No es el caso, te lo aseguro- no, no me creía, dio un paso atrás y me advirtió de que abriría fuego si la seguía -Escúchame, en esas condiciones poco o nada vas a poder hacer para subsistir. Y si estás sola podemos acompañarnos hasta un lugar donde estar a salvo- traté de sonreir para tranquilizarla, pero no lo conseguí. El miedo y la desconfianza, la paranoia, todo era más que suficiente para que simplemente se reprimiese a sí misma y apretase el gatillo. Conseguí ponerme a cubierto tras un árbol mientras ella me gritaba que huyese -¡No dispares!- advertí. Ella hizo caso omiso y retrocedió sin dejar de apuntarme. Sollozó ligeramente sobre que la dejara en paz, que tenía que volver, que tenía que "encontrarles" -¡De acuerdo, pero no dispares, voy a salir!- me gritó que no lo hiciera o no tendría más remedio que disparar. Lo siguiente que oí fue un gemido de dolor y un ladrido. Cuando salí de la cobertura, Juvia estaba a su lado. La había asaltado y seguramente sin mayor intencion, la chica debía de haberse golpeado la cabeza contra el árbol. Al acercarme, efectivamente, se había desmayado, o eso quise pensar. Le tomé el pulso. Estaba bien. Le quité la pistola y me la guardé en la chaqueta -Creo que se te ha ido de las patas Juvia- mi compañera jadeaba feliz, olisqueando a la chica -¿Te gusta, no? No te la puedes comer- bromeé, cargándola en brazos -Es normal que esté asustada. Además parece ser algo joven...- la observé bien. Era mona. Bastante guapa. Una lástima que nuestro encuentro tuviese balas de por medio y a una pastor alemán con demasiado empeño en protegerme, aunque era un detalle que le agradecía a mi vieja amiga -Vámonos de aquí...- agucé el oido. Casi lo oí. Aquellos gañidos en la noche, ocultos en la penumbra, lejanos, que no tardarían en llegar atraidos por el disparo de la chica -Vamos, Ju-

Tras una larga caminata conseguí retroceder hasta los límites de aquella urbanización. Estábamos lejos de donde la chica huyó, pero no tanto como si hubiese seguido por la dirección que seguía en el bosque. Nos pusimos a cubierto de nuevo en un edificio abandonado. La tendí en el suelo con cuidado. Estaba helada, y el suelo también. Me descolgué la enorme mochila de la espalda y tendí una vieja manta raida en el suelo y la puse sobre ella para que tuviese algo más de calor. Tomé además unos cuantos libros, cajones vacíos y demás materiales que fuesen fáciles de prender en llamas y monté una pequeña hoguerilla improvisada. No sería demasiado grande, pero al menos ayudaría a que la chica no se helase. Ni yo tampoco. Mientras dormitaba le examiné la cabeza para asegurarme de que no sangraba y afortunadamente, así era. Con respecto al brazo, me permití el lujo de abrirle la chaqueta y sacarle el brazo herido con cuidado. Palpé la muñeca, el codo y el hombro. Fue esta última articulación la que estaba dañada: dislocada. Con cuidado, pegué un tirón que hizo crujir la articulación al recolocarse. Se despertó gritando -Shhh- ordené -Silencio, muchacha. No es buen momento para armar escándalo- me maldijo. Trató de zafarse -Quieta- recomendé, pero seguía moviéndose. Me dio tal bofetada que Juvia ladeó la cabeza al oir el restallido de mi mejilla -¡Quieta!- exclamé en baja voz, tomándola con cuidado del hombro sano y aprisionándola entre mi cuerpo y la sábana en la que estaba tumbada. Entonces fue cuando nos miramos a los ojos con claridad -No hagas ni un ruido más ¿Estamos?- mascullé y tal vez fue que la intimidé con mi tamaño físico en contra del suyo, o el extraño ambiente que reinaba en el edificio, lo que la hizo callar -Si mueves un músculo, si haces el menor escándalo, eres un cadáver ¿Estamos? Estoy tratando de ayudarte. Te he arrastrado hasta aquí, te he tendido en mi manta, te he encendido una hoguera y te he recolocado el maldito hombro. Yo sólo te estoy pidiendo a cambio que no hagas ruido- se tragó mis palabras en silencio y quizá eso la hizo reflexionar. Me aparté de ella como si fuese común estar tan apegado a una desconocida. Entonces, para muestra definitiva de confianza, le devolví el revólver -Esto es tuyo- lo tomó con desconfianza, pero no me apuntó con él. Era un buen paso. Miró extrañada al rededor, luego a mí y finalmente a Juvia. Ésta meneaba la cola y jadeaba con dulzura -Perdónala, ya te advertí de que no dispararas- de mi mochila saqué, de nuevo, un tarro de aluminio bastante viejo y algo abollado y un soporte de hierro con tres patas. Lo puse sobre la hoguera y sobre el soporte, el tarro de aluminio -Espera un momento- me levanté y salí al exterior con el rifle a cuestas. Juvia no perdió de vista ni un instante a la invitada.

Cuando regresé, venía cargado con una bola de nieve igual de grande que mi puño. Había tardado unos minutos asegurándome de que era nieve y no ceniza lo que traía. La metí en el tarro y esperé a que se deshiciera y comenzase a hervir. Tomé después unas pequeñas bolsitas similares al viejo té que se vendía en mi niñez. No era té en absoluto, ni manzanilla, ni tila. Eran simplemente un conglomerado de hierba molida y algo de flores, bolsitas que compré en un asentamiento hacía unos meses a varios kilómetros del lugar en el que nos encontrábamos, lejos de la Frontera. No era precisamente delicioso, ni tan siquiera era sano ¿Pero qué era sano en esos tiempos? Al menos daba un sabor mucho más soportable al agua, que el sabor que de por sí tenía sin ningún tipo de aditivo. Me costó bastante caro... pero tenía de sobra. La chica estaba asustada, sola y herida. Tal vez un gesto de buena voluntad pudiera convencerla de relajarse del todo. Metí aquella bolsita en el tarro y dejé que hirviera por unos minutos más. El silencio reinaba entre nosotros. De vez en cuando la estructura crujía. Otras veces se oían inquietantes murmullos y rumores desde el exterior. Como si el viento tratara de advertirnos o hablar con nosotros -Está listo, puedes beber- le dije, ofreciéndole el tarro -Hay suficiente para los dos. Hoy la nieve está más o menos tolerable por el cuerpo- al tomar el tarro se percató de que no tardaba en enfriarse. Lo olfateó. Me preguntó qué era -Sinceramente no sabría describirte exáctamente qué es... pero seguramente es más potable que cualquier otra cosa que hayas bebido últimamente. Salvo café. Si tenías café podías considerarte verdaderamente afortunada- permaneció observando el brebaje durante largo rato, pensativa -Si no vas a beber dámelo antes de que se enfríe- comente encogiéndome de hombros. Ese comentario quizá la animó a dar un sorbo. Como siempre he dicho, no estaba delicioso precisamente, pero se dejaba beber. Compuso un gesto de amargura pero el calor pareció aliviarla un poco, lo suficiente para que se atreviese a dar un segundo trago más. Ese pareció gustarle algo más que el primero. Me cedió el tarro y bebí también. La tensión entre ambos pareció relajarse un poco. Ella fue la primera en hablar esta vez, para preguntarme el por qué la había ayudado, mientras se acariciaba el dolorido brazo que aún no podía mover muy bien -No necesito motivos- ella aseguró que sí. Sí en las circunstancias actuales -En ese caso, si quieres un motivo, es que me gusta ayudar a los demás- le sonreí apesadumbrado -¿No te parece triste? ¿Tener que darte motivos por haber querido salvarte la vida?- la chica bufó, negando con la cabeza. Decía saber que yo quería algo a cambio y que más me valía decírselo ya -¿Tal vez un gracias?- aquello pareció enfadarla un poco, cuestionándose si me creía una especie de santo o caballero blanco -Sólo soy un espíritu antiguo, una persona del Antes. Soy un alma de ceniza, como me llamaron una vez- mantuve la sonrisa, mirando el crepitante fuego, dejando el tarro a calentar de nuevo encima, cuando oimos los aullidos. Cerré los ojos y suspiré, tomando de nuevo el rifle. La chica se estremeció. Aulladores, dijo -Sí... aulladores...- Juvia se puso en pie a mi lado, agitando el rabo, concentrada, con las orejas dando vueltas -No tienen por dónde rodearnos. Sólo tienen la entrada principal- me agazapé despacio, tumbándome sobre mi estómago. Apoyé el rifle con cuidado sobre mi mochila y simplemente esperé -Vendrán. Nos han estado siguiendo, acechándonos desde que me disparaste- suspiró la chica -No te culpes, seguramente te estaban observando cuando ya saliste corriendo hacia las arboledas...- musité, esperando, paciente. Pasaron unos minutos en completo silencio. Tanto que hasta el simple crepitar del fuego molestaba en los oidos de tan profundo que era. La chica se atrevió entonces a decir que no podía esperar más metida en aquel lugar, donde fuera que estuviese. Que tenía que encontrar "a los demás" -Shh...- pedí -Están aquí...- la muchacha frunció el ceño y entonces lo oyó. Un gañido casi de ultratumba. Agudo, penetrante, pero con doble voz, eterea y cavernosa a la vez. Por el hueco de la entrada asomó una sombra de un tamañó similar al de un humano caminando a cuatro patas. Un pelaje grisaceo, en las zonas donde conversaba pelo, se podía apreciar. El resto era piel desnuda, escamosa o agrietada, incluso algo supurante. Antaño eran perros, de cualquier raza. Ahora eran monstruos, seres de pesadilla. Los ojos eran orbes negros capaz de ver en la oscuridad más profunda. Sus bocas deformes eran largas, casi con sonrisas espectrales, con unos colmillos rotos, serrados y puntiagudos. Las patas eran largas, pero fuertes, musculosas, abultadas con protuberancias malsanas y distintos tumores. Se quedó allí, en el hueco, mirándonos babeante, con la cabeza torcida hasta un punto en que podría tener el cuello roto, pero aún así se podía mover. Su boca estaba completamente en vertical. Podiamos oir su respiración, pesada como si fuese un buzo respirando bajo el agua. De su enorme boca y sus orificios nasales salía un vaho que auguraba no debía oler nada bien. La chica y yo estabamos helados en nuestra posición. Incluso Juvia se mantenía quieta como una estatua. No gruñía -No te muevas- susurré tan bajo que no sabía si me oiría. La chica al no comprenderme bien movió ligeramente la cabeza y la bestia rugió con fuerza, dando unos pasos hacia delante. Los aulladores, dentro de la gama de criaturas que ahora eran la fauna natural del mundo, no detectaban bien los objetos inmóviles. Un asentamiento lejano consiguió atrapar uno hace unos años, cuando comenzaron a aparecer y lo estudiaron, antes de que fueran tantos que fuese imposible plantarles cara si estaban en manada. La radiación les había mutado y ellos en concreto, hasta nuevo aviso, tenían una visión térmica. No distinguían a un humano de una hoguera, de un mueble, o de un charco de agua radiada más allá que por la temperatura. No eran particularmente inteligentes, de forma que sólo por el calor corporal no conseguían distinguir qué era comida y qué no. Era el movimiento y su agudísimo oido. Un disparo los atraía, la voz los atría. El movimiento era lo que les indicaba dónde atacar. Quizá la chica no estaba entarada de eso... y trató de sacar la pistola. El aullador se lanzó con un aullido infernal hacia nosotros y me obligó a apretar el gatillo. Las balas le perforaron de lleno el craneo y cayó a pocos metros de nosotros, supurando sangre oscura, gelatinosa y maloliente. El cuerpo de los aulladores estaba en un estado de semidescomposición permanente. Tanto la chica como yo pudimos tragar saliva por fin -Nunca suele haber uno solo. Estaba reconociendo el terreno- dije, sacando el cargador y comprobando las balas que quedaban en el cartucho para luego volver a colocarlo. Pisé la pequeña fogata y recogí el tarro de aluminio -Tenemos que irnos. Su aullido atraerá a los demás. Será mejor que nos movamos de prisa- la chica al parecer se entusiasmó con la idea. Tenía un lugar al que ir -Buscas a esos "demás" ¿no?- asintió -Venga, en pie- dije con paciencia -Te ayudaré a llegar hasta ellos. Si vas sola y con un brazo incapacitado eres pasto de estas cosas- la chica se levantó con la pistola en la mano y nos dispusimos a partir, saliendo del edificio por fin. El frío nos golpeó tan de lleno en la cara tras haber estado frente a la pequeña fogatilla que casi se nos parte el alma en pedazos -Juvia, vamos- llamé a mi compañera, que se había entretenido olfateando y gruñendo el cadaver del aullador. Vino corriendo hacia nosotros con un alegre trotecillo -No hay tiempo que perder-

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